Plantar cara a las alergias alimentarias

alergiasEmpiezan a aparecer los primeros tratamientos para esta patología que, en poco tiempo, se ha duplicado en los países industrializados. La alimentación sana desde la infancia es uno de los primeros pasos. Texto  Laura Kohan

La mayoría de nosotros somos lo suficientemente afortunados como para dar por sentada nuestra relación con la comida. Tenemos hambre y comemos. Acudimos a fiestas y celebraciones sin mayor preocupación que la de disfrutar de los manjares servidos. Pero para los que sufren de alergias alimentarias, las cosas no son tan sencillas. Se trata de un sector de la población que sólo en los últimos 20 años se ha duplicado en número y no deja de crecer, lo que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a clasificar esta patología en la cuarta posición de las enfermedades más frecuentes en los países industrializados.
La polución medioambiental, el estresante estilo de vida, el abuso de alimentos cargados de aditivos, la manipulación genética de los cultivos y la introducción precoz de ciertos alimentos preparados en la dieta de los bebés son, según la medicina alternativa, los causantes de la imparable proliferación de casos de alergias alimentarias. Sin contar con el abuso que se realiza en nuestros días de los antibióticos, tanto en humanos como en animales, algo que tiende a ir debilitando la flora intestinal.
Es probable que a quien no viva el problema de cerca pueda parecerle una enfermedad relativamente controlable e inofensiva, pero para los que la padecen constituye un verdadero foco de ansiedad por la reestructuración vital y el aislamiento social que provoca. La situación, además, se complica para los afectados por la permisiva normativa de etiquetado que existe en nuestro país y que autoriza la utilización de ingredientes compuestos sin la necesidad de aclarar su contenido en el envase. Tampoco ayuda que la medicina tradicional no haya conseguido encontrar ningún tipo de tratamiento efectivo para neutralizarlas. Se sigue recomendando la eliminación total en la dieta del producto en cuestión con la esperanza de que con los años el problema se resuelva por sí mismo o bien se condena al enfermo a acostumbrarse a convivir con este mal. Los avances en este campo siguen siendo controvertidos, pero en los últimos años los investigadores más tenaces han comenzado a lanzar mensajes optimistas.

Estudios esperanzadores
Varias investigaciones científicas de los últimos meses van a cambiar sin duda la forma de enfocar los tratamientos para las alergias en un futuro no muy lejano. Uno de los estudios estrella presentado en la reunión anual del American College of Allergy and Immunology resalta la importancia de una prolongada lactancia materna para proteger a los bebés de desarrollar alergias alimentarias. Otro de las Universidades de Duke y Arkansas, también muy prometedor, asegura que la alergia al huevo podría superarse incorporando gradualmente pequeñas dosis de este alimento en la dieta.
Estos estudios abren el camino a alternativas a los tratamientos convencionales que, en lugar de intentar buscar la raíz del problema, sólo proporcionan un alivio temporal de los síntomas. Por eso cada vez son más los que recurren a la homeopatía, que persigue principalmente fortalecer el sistema inmunitario para que normalice su relación con el ingrediente que causa la alergia.

Nuevas vacunas
La mejor noticia sobre los avances científicos en este área nos llega desde Holanda. Parece que varios expertos de la Universidad de Amsterdam auguran la erradicación de las alergias alimentarias en tan sólo diez años gracias a la aplicación de nuevas vacunas. La idea es producir en el laboratorio versiones alteradas de moléculas de alergia a diferentes alimentos y desarrollar a partir de éstas ciertas variantes hipoalergénicas que puedan ser aplicadas en tratamientos de inmunoterapia. De esta forma se conseguiría reducir poco a poco todos los molestos síntomas.
Según los inquietantes cálculos de expertos reunidos en el último congreso mundial sobre alergias celebrado en Munich (Alemania), si no se hace nada para remediarlo, los casos podrían llegar a extenderse a casi un 50% de la población del mundo occidental. Cálculo que no incluye muchos casos no documentados de alergias ocultas o confundidas con otras patologías. Y es que diagnosticar una alergia no siempre es una tarea fácil, por la variada e impredecible forma de manifestarse en nuestro cuerpo.
Más allá de los conocidos síntomas de exceso de flujo u obstrucción nasal, dermatitis o dificultades respiratorias, la realidad es que una alergia alimentaria puede aparecer en multitud de formas, como, por ejemplo, hipertensión, mareos, dolores de cabeza constantes, cansancio crónico, gastritis o ansiedad.

Cómo detectarlas
Si padecemos algún trastorno recurrente que no hayamos logrado resolver con diferentes tratamientos y dictámenes médicos, no está de más intentar averiguar si el problema es de índole alérgica. Aunque se recomienda realizar todas las pruebas alérgicas pertinentes, hay otros métodos a nuestro alcance que aportan pistas sobre si el origen de nuestros males proviene de un alimento en conflicto con nuestro organismo. Cuando sospechamos de algún grupo de alimentos (lácteos, trigo, huevo, frutos secos, pescados…), lo primero es iniciar una dieta que lo excluya durante al menos una semana y observar atentamente las reacciones de nuestro cuerpo. Si los síntomas persisten, deberíamos armarnos de paciencia y comenzar la ronda de alimentos alergénicos eliminando uno de la dieta cada semana hasta que notemos una mejoría.
Otra sencilla prueba que podemos llevar a cabo nosotros mismos es el test del pulso, que se basa en la reacción del organismo a los alimentos alergénicos con un aumento del ritmo cardiaco. Para esta prueba es necesario que nos tomemos el pulso por la mañana antes de levantarnos de la cama y justo antes de ingerir el alimento, aislado de otros ingredientes. Lo ideal es contar las pulsaciones en la muñeca durante 60 segundos, siempre teniendo en cuenta que no haya factores externos que puedan incrementar la frecuencia del pulso, como son fumar o padecer una infección o resfriado. Despues de ingerir el alimento, nos tomamos el pulso tres veces: a los 30 minutos, a los 60 y a los 90 minutos. Con todos estos datos debidamente anotados, elaboramos un promedio de los pulsos tomados después de comer. Si resulta una cifra superior en diez puntos al promedio de los dos pulsos anotados antes de comer, deberíamos repetir el test al día siguiente. Se puede decir que cuando existe una diferencia de 16 puntos entre la medición de la mañana y la más alta o bien las mediciones después de comer superan las 84 pulsaciones, es probable que seamos alérgicos al alimento. En cualquier caso, deberíamos acudir a un especialista que nos confirmase estos resultados y nos aconsejara sobre cómo tratar del problema.

¿Alergia o intolerancia?
Las reacciones adversas a los alimentos se confunden frecuentemente con las alergias alimentarias, pero quizás cuando es más difícil distinguirlas es en el caso de las intolerancias, por compartir alguno de los alimentos comprometidos y muchos de los síntomas. Sin embargo, pese a su parecida sintomatología, se trata de dos problemas completamente diferentes. En circunstancias normales, el sistema inmunitario protege al cuerpo de las proteínas extrañas y peligrosas generando una reacción para eliminarlas. La alergia se da cuando el sistema inmunitario no funciona bien y percibe una sustancia normalmente inocua como si fuera una amenaza y la ataca. Entonces, el agente alergénico, que en una situación normal no es más que una inofensiva proteína, provoca una serie de reacciones en cadena, como la producción de anticuerpos. Dichos anticuerpos dan lugar a la segregación de sustancias químicas, como la histamina, responsables de los molestos síntomas de la alergia. La intolerancia, en cambio, no parte de un problema con el sistema inmunitario, sino con el metabólico. Un buen ejemplo lo podemos ver con la intolerancia a la lactosa que sufren las personas que carecen de una enzima digestiva llamada lactasa, responsable de descomponer el azúcar de la leche. Además, mientras las personas con alergias alimentarias necesitan eliminar totalmente el alimento de la dieta y el contacto, las personas con intolerancia, a excepción de las sensibles al gluten o al sulfito, pueden consumir pequeñas cantidades del alimento sin que se produzca ningún síntoma.
prevenir desde la infancia
Más de un padre sabe lo difícil que es encontrar alimentos que satisfagan el gusto de sus hijos y los nutran adecuadamente. Pues esto no es nada comparado con los juegos malabares que deben realizar los padres de niños con alergias. Además, en esta enfermedad la amenaza no está sólo en la ingesta, sino también en la inhalación o el contacto. Por otra parte, la reacción alérgica no depende de la cantidad ingerida, ya que a veces una pequeña cantidad puede producir una reacción más grave que una grande. Pero quizás lo más duro para muchos padres es ver cómo los años pasan y los pronósticos del pediatra empiezan a apuntar a que ésta podría durar toda la vida.
Afortunadamente, más de dos tercios de ese 5% de niños menores de 3 años con alergias alimentarias logran superarlas. Pero, ¿qué puede estar fallando en el sistema inmunitario de los niños que no las superan? Algunos estudios sugieren la posibilidad de que una mayor exposición a infecciones durante los primeros años de vida puede protegernos de la aparición de enfermedades alérgicas en años posteriores. Y es que parece ser que si los niños no se ven expuestos a agentes infecciosos, el sistema inmunitario se desequilibra. Una de las soluciones que sugieren estos investigadores es que, desde muy temprana edad, los bebés empiecen a tener contactos con otros niños, ya que un estudio ha demostrado que el riesgo de padecer alergia a partir de los 5 años es inferior en niños que han entrado en contacto con otros pequeños antes de cumplir el primer año de vida. Hay que mencionar que los niños sin apenas contacto con otros antes de los 2 años, doblaban el porcentaje de casos de alergias, respecto a aquellos que habían mantenido contacto con más niños desde los 6 meses.

Alimentación biológica
Todo esto nos lleva a reflexionar sobre una curiosa paradoja que se da en nuestro mundo. Vivimos obsesionados por protegernos de los virus y de las bacterias. Nuestro entorno debe estar limpio y desinfectado, así como nuestro cuerpo, y para eso no dudamos en utilizar antibióticos, lejías y otros productos químicos. Pero, por otra parte, estamos rodeados de polución y la mayoría de los alimentos que comemos han sido expuestos a plaguicidas y a otras sustancias controvertidas sin que ningún control sanitario advierta de sus posibles efectos en nuestra salud. Así que tenemos, por un lado, un sistema inmunitario cada vez más vago que, por falta de experiencia, tiende a combatir a sustancias inocuas y, por otro, unos alimentos que, al entrar en contacto con ciertas sustancias químicas, como fertilizantes, crean proteínas de defensa que luego confunden al organismo y potencian la aparición de alergias. Un cóctel explosivo y otra razón de peso para elegir una alimentación biológica.

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=1341

Escrito por Redacción el feb 26 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

1 Comentario por “Plantar cara a las alergias alimentarias”

  1. luz amalia quijada

    Su información es muy interesante para mi, ya que mi problema de alergía por alimento ultimanente se ha alterado. Estuve 5 años con vacunas pero no he mejorado, hoy estoy tratando con medicina homeopata, sigo en espera para mejorar. Quiciera me informara más sobre éste tema.

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