Lo verde cura

naturalezaLos elementos naturales han demostrado que ejercen un efecto beneficioso en la salud. Deberíamos tenerlo en cuenta en los tratamientos y en nuestra vida diaria. Por Claudina Navarro y Manuel Núñez. Foto Clara Tahoces

El paciente entra en la consulta de la Seguridad Social, explica sus síntomas al doctor y le entrega los resultados de la última analítica. El médico le hace algunas preguntas y le examina. Justo antes de que se cumplan los tres minutos que corresponden a cada enfermo, comienza a escribir las recetas. Le prescribe un paseo diario de media hora por el parque de su barrio, tiene que colocar plantas en todas las habitaciones, los fines de semana debe pasarlos en un hotel rural y le recomienda que se haga con la compañía de un gato o un perro. Seguramente, ningún médico ha prescrito aún un tratamiento así, pero lo cierto es que el contacto con la naturaleza tiene un efecto curativo, y no se trata de una exageración ni de ninguna metáfora, sino un hecho comprobable científicamente.
Según el doctor William Bird, “cada vez existen más evidencias acerca de que el simple contacto con la naturaleza mejora tanto la salud física como la mental”. Bird es consejero de salud de Natural England, organismo gubernamental del Reino Unido dedicado a la conservación y promoción de espacios naturales y rurales. El objetivo de una de sus campañas –Espacios para respirar– es que los británicos pasen más tiempo en entornos verdes con la esperanza de mejorar su salud general y reducir los gastos sanitarios.

Enfermedades de la civilización
Más concretamente, desean mitigar las negativas consecuencias del estrés, prevenir la obesidad a través de la actividad física y poner en contacto a los más jóvenes con la naturaleza. Además, Natural England aconsejará a los médicos de atención primaria que recomienden a sus pacientes realizar actividades en la naturaleza. Por su parte, Howard Frumkin, profesor de la Universidad Emory de Atlanta, en Estados Unidos, y experto en salud ambiental y laboral, cree que la corriente médica dominante en nuestros días ha marginado toda una tradición conocedora de que la relación del ser humano con la naturaleza es un componente de la buena salud”. De hecho, esta máxima era conocida hace nada más y nada menos que 4.500 años, cuando los faraones egipcios ordenaron la creación de jardines para reconfortar el espíritu, o desde Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, que en el siglo V a.C. ya explicó cómo curaban los elementos naturales.
El poder medicinal de la naturaleza fue recuperado en el siglo XIX por el movimiento naturista centroeuropeo y hoy es defendido por los terapeutas naturales. Frumkin piensa que las personas, incluidos los propios médicos, se encuentran tan aislados en entornos artificiales que no pueden reconocer los efectos beneficiosos de la conexión con el mundo natural. A menudo cita al biólogo Edward Osborne Wilson, quien subraya en su libro La hipótesis biofilia “la afinidad emocional innata e inconsciente de los seres humanos hacia el resto de seres vivos”. La biofilia explica por qué las ciudades están repletas de mascotas, los balcones rebosan de plantas y las montañas son destinos elegidos para pasar el tiempo libre.
Los médicos son formados para ver el entorno como una fuente de amenazas contra la salud –virus, bacterias, mohos y agentes tóxicos campan por doquier–, en cambio, no son capaces de ver en la naturaleza los factores que pueden reforzarla. Frumkin los ha buscado y descrito.

Apoyo científico
Disciplinas científicas como la Biología, la Psicología ambiental y la Arquitectura de paisajes han desarrollado conocimientos sobre cómo los entornos naturales pueden hacernos más sanos e, incluso, más felices e inteligentes. Por otro lado, numerosas investigaciones científicas rigurosas justifican la adopción de una serie de medidas en la ubicación y la construcción de los hospitales, el diseño urbanístico de las ciudades o en los esfuerzos por conservar los ecosistemas naturales. Existe todo un movimiento de arquitectos, antropólogos, médicos, psicólogos y otros especialistas que trabajan en este sentido, porque creen que la artificialidad que nos rodea provoca estrés, neurosis y enfermedades. Por eso necesitamos llevar un estilo de vida más verde, una necesidad que se intensifica a medida que el entorno se hace más denso y tecnológico. Pero más allá de lo que digan la ciencia y los expertos, la gente común asocia la salud con lugares de naturaleza exuberante y paisajes verdes. De hecho, entre las motivaciones de quienes hacen turismo rural ocupa un lugar principal el cuidarse la salud. El neurólogo y brillante escritor Oliver Sacks, autor de Despertares, describió en su libro Con una sola pierna cómo tras un accidente decidió que lo mejor para su recuperación era ir a un centro de rehabilitación con hermosos jardines en lugar de a un hospital con las tecnologías más avanzadas. “Una alegría –escribe– pura e intensa, una bendición sentir el sol en la cara, el viento en el cabello, escuchar los pájaros, ver, tocar y acariciar plantas (…) Alguna comunión esencial con la naturaleza se restableció después de los terribles estados de aislamiento y alienación que había sufrido. Alguna parte de mí recobró la vida cuando fui llevado al jardín.”

Recuperar la conexión
En nuestra sociedad moderna y occidental, la sabiduría tradicional sobre las propiedades curativas de los elementos naturales
parece haberse perdido para las corrientes predominantes en medicina, psicología, arquitectura y diseño. “La humanidad se ha ido separando de los ritmos, imágenes y sensaciones de la naturaleza, por lo que mucha gente siente un vacío, pero no sabe qué ha perdido”, escribe Fran Segal en The Whole Mind. Frumkin añade que los profesionales responsables de la salud pública no creen en las propiedades de la naturaleza, a pesar de que la gente se dirija instintivamente hacia ella. Lo curioso es que en la actualidad hay que demostrarlo todo científicamente, hay que ponerlo en forma de números, por eso esta cuestión, la del efecto de la naturaleza, no ha interesado y casi se ha despreciado por banal, ingenua o lírica. Pero en los últimos tiempos, han aparecido investigadores dispuestos a hacer ese trabajo. Rachel y Stephen Kaplan han descubierto que los oficinistas que tienen cerca una ventana hacia el exterior disfrutan más de su trabajo y se encuentran mejor de salud que los trabajadores que están rodeados de paredes. El psicólogo y experto en diseño y salud Roger Ulrich ha podido comprobar cómo los pacientes que han sufrido cirugías abdominales o cardiacas se recuperan antes y necesitan menos medicación contra el dolor si desde sus habitaciones pueden ver un paisaje verde en comparación con aquellos enfermos que sólo ven la pared de otro edificio. Ulrich considera que la naturaleza resulta tan fundamental para la psique humana –incluso cuando la persona no es consciente de ello– que acercarla a los pacientes tendría que ser una preocupación fundamental de los sistemas públicos de salud, así como de las personas que diseñan colegios, fábricas, oficinas o nuevos barrios. Todos deberían integrar la naturaleza para beneficiar la salud de la sociedad.
Frances Kuo, psicólogo ambiental y director del Laboratorio de Investigación Hombre-Entorno de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, confirma que las clínicas, hospitales, residencias y prisiones que incorporan algún elemento natural tienen índices de recuperación o de rehabilitación superiores. Incluso se ha comprobado que ver árboles a través de la ventanilla del coche consigue reducir la tensión arterial, la frecuencia cardiaca y las alteraciones del sistema nervioso simpático. Y es que las vistas naturales tienen un potente efecto psicológico: reducen la ira y la ansiedad, favorecen la concentración y refuerzan las sensaciones placenteras.

Todos los efectos positivos
Si ver resulta tan beneficioso, ¿qué pasa con estar? Según Frumkin, la experiencia de la naturaleza produce un efecto salutífero aún más potente. En general, se puede afirmar que las personas que tienen un contacto más frecuente con el campo suelen enfermar menos y recuperarse más rápido. Es difícil enumerar con precisión cada una de las respuestas del organismo, pero los expertos, tras revisar la literatura científica existente, han concluido que los efectos se pueden incluir en tres grandes categorías:
■ Aumento de la salud física. Cualquier tipo de actividad física –correr, ir en bicicleta, nadar o, simplemente, pasear– que se desarrolle en un entorno natural tiene una serie de efectos sobre la salud: mejora la capacidad de los sistemas respiratorio y cardiovascular, refuerza el sistema muscoloesquelético reduciendo el riesgo de osteoporosis y fracturas, aumenta la flexibilidad y la movilidad… A estos efectos directos hay que añadir, además, los indirectos del ejercicio gracias al masaje interno que se realiza sobre los órganos o el incremento de la actividad metabólica. Diseñar el entramado urbanístico de manera que las personas tengan un acceso sencillo a los espacios naturales y a los parques puede ser una de las maneras más eficaces de reducir las incidencias de enfermedades coronarias y vasculares, cáncer de colon, osteoporosis, artritis, obesidad y diabetes no insulino dependiente, según
Roger Ulrich. Este psicólogo señala que, en realidad, la construcción de parques y jardines en las ciudades está basada desde
siempre en la intuición, presente en todas las culturas, de que el contacto con la naturaleza resulta beneficioso para la salud.
La tradición europea de los jardines curativos alrededor de los hospitales puede remontarse hasta el siglo XII y se ha mantenido
casi hasta nuestros días.
■ Mejora del estado psíquico. El ejercicio físico tiene un efecto directo sobre el estado de ánimo, pero la naturaleza actúa también a otros niveles. En un ensayo realizado por Terry Hartig, del Instituto para la Vivienda y la Investigación Urbana de la Universidad de Uppsala (Suecia), se dividió a los participantes en tres grupos. Uno debía pasear durante 40 minutos por un espacio natural; otro, por la ciudad y los miembros del tercer grupo podían sentarse y leer o escuchar música. Se sometió a todos a unos cuestionarios para determinar su capacidad de concentración y su estado de ánimo. Los que habían paseado por el campo fueron los que obtuvieron los mejores resultados. Según Hartig, la exposición a la naturaleza reduce la fatiga mental, la irritabilidad y los accidentes, y mejora la habilidad para resolver problemas y tomar decisiones, especialmente en personas que normalmente viven en áreas urbanas.
La percepción estética de los paisajes, junto con la permanencia en un entorno diferente al habitual que se siente como beneficioso, ayuda a relajarse y a sentirse satisfecho. El campo se ha convertido en el lugar donde es posible escapar de los agobios de la vida urbana e, incluso, de los problemas familiares o sociales. Permite vivir una experiencia multisensorial que, además, libera la mente de las rutinas y facilita el pensamiento reflexivo, filosófico y contemplativo. Estas vivencias físicas y mentales extraordinarias pueden favorecer la percepción de que uno está armoniosamente integrado en el entorno, felizmente vinculado a los demás seres vivos y personas.
■ Refuerzo de la comunicación social. Las salidas al campo potencian los vínculos entre las personas y hacen incrementar su autoestima. En consecuencia, se sienten más apoyadas socialmente y más capaces de valerse por sí mismas. Estas sensaciones tienen un efecto positivo sobre los sistemas cognitivo e inmunitario. Por otra parte, no es raro que se utilice el excursionismo, la jardinoterapia o la huertoterapia con personas mayores, con enfermos que sufren deterioro de las facultades intelectuales o con individuos que presentan dificultades para integrarse socialmente (adolescentes problemáticos, delincuentes, adictos…).

La receta verde
La naturaleza es, según la medicina naturista, la fuente de los remedios que necesita el ser humano para recuperar la salud, pero la medicina convencional también encuentra en ella su materia prima. De los 20 medicamentos convencionales más vendidos, dos proceden directamente de recursos naturales, ocho son productos sintéticos modelados a partir de compuestos naturales y siete muestran una actividad farmacológica definida a partir de productos naturales. Las empresas farmacológicas continúan buscando principios activos en bosques, selvas y fondos marinos. Pero mientras se investigan las propiedades de las partes más pequeñas de la naturaleza, el efecto del conjunto se escapa a la mirada de los microscopios. No obstante, se ha empezado a tomar conciencia de la naturaleza entera como gran remedio y en el futuro la investigación tendrá que determinar qué tipo de contacto conviene a cada enfermo en función de sus características y de los síntomas que presente.
Todavía es necesario escribir el vademécum de los elementos naturales, con sus indicaciones, propiedades, dosis y efectos secundarios, si los tuvieran. Pero no hace falta esperar. Para acceder a la naturaleza aún no necesitamos receta. Ahora bien, como especifica Frumkin, todos los entornos no son beneficiosos para todas las personas, ya que una selva tropical, la cima del Everest o el desierto son lugares muy naturales, pero pueden provocar en más de un enfermo estrés y encogimiento físico. Varios estudios realizados con individuos de todo el mundo indican que la respuesta más positiva se produce en paisajes de tipo sabana: con horizontes lejanos, suelo con tierra, hierba o vegetación de baja altura y homogénea, árboles desperdigados o en pequeños grupos y presencia de agua. Un escenario que se asemeja mucho al que debieron ocupar nuestros más remotos ancestros y en el que todavía sentimos la gozosa sensación de estar en casa.

ENTRE NATURAL Y ARTIFICIAL
Cuando se hace referencia a los efectos de la naturaleza, no debe pensarse en ésta como algo totalmente ajeno al ser humano. Los espacios de naturaleza virgen apenas existen o no existen en absoluto, pues la actividad humana ha conseguido influir incluso sobre
el clima del planeta. Por otra parte, no hay que caer en el absurdo de eliminar lo artifical mediante el argumento de que todo lo creado y transformado por el ser humano –ser natural– es natural a su vez. Por “natural” entendemos lo orgánico y lo constituido por elementos naturales sin alterar. “Artificial” es lo creado por el hombre y, especialmente, lo fabricado mediante la ingeniería química. La mayoría de la realidad que nos rodea se encuentra en un espacio difuso entre lo natural y lo artificial. Una escultura de poliuretano está muy lejos de ser natural, pero una tallada en piedra se encuentra muy cerca. A menudo la creación artística intenta reproducir lo que en la naturaleza es más precioso. Por ejemplo, en los jardines zen se pretende recrear el movimiento de las energías en la naturaleza, de manera que el ser humano, al contemplarlo, se integre más profundamente en ella. De manera similar pueden interpretarse las geniales creaciones de paisajistas y arquitectos como Gaudí, Le Corbusier o Frank Lloyd Wright.

¿Un parque o un bosque?
Pero, en cuanto al efecto sobre la salud, ¿podemos esperar lo mismo de un parque que de un bosque autóctono? Los antiguos
griegos tenían claro que las creaciones de la naturaleza eran superiores a las del hombre, siempre sujeto a los posibles errores.
En cambio, desde el Renacimiento, tendemos a creer que el ser humano pone inteligencia y espíritu en sus obras y que la naturaleza se mueve tanto por necesidad física como por azar, a veces con consecuencias nefastas. Quizá la vara de medir sea la complejidad:
las creaciones naturales son siempre mucho más complejas que las del ser humano. Comparemos el organismo humano y un robot.
Las cosas naturales esconden propiedades que no hemos podido comprender todavía, ni, por tanto, reproducir.

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Escrito por Redacción el may 6 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

1 Comentario por “Lo verde cura”

  1. Marta

    Genial artículo, en mi oficina tengo un potus, una orquídea y tres plantas más, todas al lado de la ventana, y te anima la vida.

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