Y después del incendio, ¿qué?

hayaCada verano, el bosque español sufre el azote de las llamas. Para evitar nuevos desastres y recuperar el monte lo antes posible, son fundamentales las labores de regeneración. Por Rafael Carrasco

La moda CSI ha llegado a la investigación criminalística ambiental en España porque se ha demostrado como la forma más eficaz de ligar los restos del delito con su autor. La mayoría de las jefaturas provinciales de policía, comandancias de la Guardia Civil, polícias autonómicas y demás cuentan ya con su departamento de policía científica para analizar huellas dactilares, proyectiles, casquillos, pelos con raíz y ADN, marcas de calzado, restos de pintura, contaminantes y otros restos del ecodelincuente. Todos estos indicios son procesados en el laboratorio para convertirse en pruebas irrefutables durante el juicio penal.
Los delitos ambientales y, particularmente, ése tan español que consiste en prender fuego al monte para obtener algo, también tienen en estos policías de bata blanca a su mayor enemigo. Sólo el elevado precio del instrumental y la escasez de medios humanos y tecnológicos impide que miles de incendiarios den con sus huesos en la cárcel.
El mero hecho de saber que cualquier resto dejado en la escena del crimen puede llevarle a prisión está ya seguramente reduciendo el número de incendios, que hace un lustro se acercaba a los 20.000 casos por año, mientras que hoy no supera los 10.000. “Los laboratorios de la policía científica española –explica el inspector jefe de la Policía Científica del Ministerio de Interior, Raúl Cuento– tienen una forma de trabajar y disponen de unos medios que se acercan bastante a los que se ven en la serie CSI, que hace una propaganda impagable de nuestra labor.”

Cómo se hace la investigación
Desde el sector privado, también se investiga para encontrar culpables a tanto fuego delictivo. El mejor ejemplo de ello son las Brigadas de Investigación de Incendios Forestales (BIIF) de la empresa Einform, un experimentado equipo de ingenieros forestales y técnicos que apoyan como peritos a las diferentes policías y administraciones forestales. “Se realiza una reconstrucción del incendio hacia atrás según los vestigios que va dejando el fuego en su avance”, explica Miguel Ángel Porrero, miembro de estas brigadas.
Los expertos de las BIIF –algunos con experiencia en extinción de incendios– saben que la propagación del fuego siempre se da en la dirección del viento dominante. Si hay pendiente, corre por donde más hay y, por otro lado, determinados combustibles finos, como arbustos o hierbas secas, arden mejor que otros verdes. Pero la mejor información viene, sobre todo, de los troncos y otros obstáculos, que quedan manchados de una forma peculiar según la dirección de las llamas. La zona más expuesta queda siempre más negra que la zona contraria, donde se ha creado un vacío que la protege relativamente de la combustión. De este modo, los técnicos pueden leer en los troncos más o menos calcinados la dirección del fuego y llegar a la zona o zonas de inicio, lo que ya indica una casi segura intencionalidad criminal. Esta zona es reconocible, además, por la presencia de ceniza blanca, que señala un periodo de combustión lento, esto es, antes de que las llamas de varios metros avanzasen a gran velocidad. El pasado año, este tipo de investigaciones permitieron en Zamora, por ejemplo, identificar a 45 responsables de incendios forestales.

Acordonar la zona de inicio
“La zona de inicio –explica el experto de las BIIF– se acordona y se efectúa una inspección ocular fina, como hacen los forenses: se tamiza, se crean unas calles con unas cuerdas, el investigador se pone de rodillas y busca algún resto del inicio del incendio.” Se trata de un trabajo muy minucioso que recupera casi siempre restos significativos, como piñas en zonas donde no hay pinos –alguien las ha tenido que llevar allí–; restos de una vela en un vaso de plástico –para que no se apague durante dos o tres horas y el incendiario tenga tiempo para irse sin levantar sospechas–; restos de líquidos inflamables detectables por el olor; un cigarro dentro de una caja de cerillas; una colilla en una zona donde no llegan excursionistas; un mechero; una mecha lenta… “Es un trabajo muy minucioso donde las pruebas te van dando la hipótesis, como hace la policía cuando investiga un crimen”, concluye Porrero.
La prueba material de las BIIF se completa con la prueba personal, es decir, hablar con las personas implicadas en el incendio o los testigos disponibles, incluidos los bomberos. Con todo ello, se elabora una hipótesis final y unas recomendaciones.
Estos equipos determinan hoy la causa del incendio prácticamente siempre, lo que no sucede con la motivación o el causante. En estos casos, son el Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil), la policía autonómica o la guardería forestal los que siguen la investigación. El relevo tiene lugar con el levantamiento de las pruebas que serán luego usadas en el juicio.
“Nosotros no llegamos hasta el levantamiento de la prueba –explica Porrero–, eso lo tiene que hacer un experto, el Seprona o un guarda forestal, por ejemplo, para que no se contamine o quede invalidada como prueba.” De hecho, los equipos del Seprona llevan siempre entre su instrumental unas bolsas de plástico especiales donde se introducen los indicios y se precintan hasta que determine el juez su apertura, así como un bote de laca para fijar y para que no se rompan restos de ceniza, mecha lenta, cerillas o colillas extraídas del punto de inicio del incendio. “La laca –matiza Jerónimo Martínez, oficial de la Jefatura del Seprona y experto del servicio en tecnologías–, cuanto más barata, mejor, porque pega y fija más. Además –añade–, es importante tomar muestras de tierra en la zona donde se inició el incendio para ver si queda algún acelerante de la combustión”.
La policía científica –dependiente de la Dirección General de la Policía– tiene, incluso, perros adiestrados para detectar el olor de una gasolina o la parafina de una vela, aunque hasta la fecha sólo los ha utilizado en incendios de naves o viviendas. “Si se ha usado gasolina –señala el coronel García, jefe del laboratorio de Medio Ambiente de la Dirección General de la Guardia Civil– siempre deja algún resto. La mayoría de las veces se determina el acelerante de la combustión, pero estamos trabajando para determinar también el tipo de aditivo, algo que puede revelar, por ejemplo, un gasoil agrícola que apuntaría hacia agricultores de la zona.” Un detalle que seguramente se le pasó por alto al incendiario, quien, al fin y al cabo, utilizó un arma que tenía a mano. “En zonas rurales –advierte el teniente Martínez– es posible seguir el rastro a la gasolina hasta saber quién ha comprado un bidón en los días previos en alguna gasolinera próxima”.
Como premio a su labor científica, el Ministerio de Medio Ambiente ha entregado al Laboratorio de Medio Ambiente del Seprona la última tecnología en analítica de pruebas, un cromatógrafo de gases con detector de masas y un sistema de análisis de carbono orgánico total (TOC), con un importe superior a 180.000 euros.
Curiosamente, en ocasiones, la investigación no sirve para establecer una acusación, sino para deshacerla. Es el caso de un incendio en un municipio de Galicia del que los vecinos acusaban al panadero, ya que se le había visto en las inmediaciones de la zona quemada poco antes de iniciarse las llamas. “Todo el mundo le acusaba –explica Porrero, que estudió el caso–, pero analizando los restos, apareció un cohete que señalaba a una verbena nocturna con fuegos artificiales.”

El proceso de recuperación
Los incendios forestales son un desastre para la flora y la fauna, pero, para el bosque, casi nunca es el fin. Tras los calores de agosto, esos páramos ennegrecidos viven un proceso febril por recuperar la vida: aparecen arbustos que sujetan el suelo contra la erosión de otoño, muchos de los árboles heridos rebrotan en la siguiente primavera y otros nacen a partir de las semillas esparcidas en medio de las llamas. Por otro lado, los técnicos entierran plantones que van echando raíces y, así, poco a poco el bosque va recuperando su pulso. Eso sí, en las zonas que han sufrido grandes incendios, sobre todo si son reincidentes, la regeneración es más difícil.
En los últimos diez años se han quemado en España 627.000 hectáreas de monte arbolado, nada menos que el 11,4% de la superficie nacional. Esas cifras podrían llevarnos a pensar en una devastación progresiva que podría convertir a España en el Sáhara europeo en apenas nueve años, pero, afortunadamente, la realidad es otra. Según el Inventario Forestal Español 1997-2006, la superficie de monte arbolado ha crecido desde el anterior inventario (1986-1996) en algo más de un millón de hectáreas, nada menos que el 39%.
El abandono de tierras agrícolas que se cubren pronto de vegetación tiene mucho que ver con este reverdecimiento de España, pero también ha jugado a favor la recuperación del propio bosque calcinado, mucho más preparado de lo que pensamos para sufrir un fenómeno tan frecuente como el fuego en áreas de clima mediterráneo.
José Antonio Barrios, ingeniero forestal de la empresa Forestaux que trabaja para la Consejería valenciana de Medio Ambiente, explica que “si el bosque no ha ardido en años anteriores, se intenta que se regenere por sí solo. Se retira la madera quemada si es factible hacerlo y se espera cinco o seis años, y sólo si no crecen los árboles, se repuebla”. Así, especies como el pino carrasco o el pino pinaster reaparecen con facilidad cuando se queman adultos porque las piñas se abren con el calor y esparcen las semillas de los futuros árboles.
En el barcelonés Macizo de Monserrat, por ejemplo, ardieron en el verano de 1986 más de 6.000 hectáreas de superficie arbolada. Cinco años después, apenas quedaban secuelas, y hoy, las encinas y los pinos de más de cuatro metros hacen casi inimaginable aquel gran incendio. Y eso, sin replantar nada. Tratándose de un incendio ocasional, tan sólo hizo falta retirar la madera quemada y acondicionar el suelo para evitar la erosión y facilitar así el regreso de vegetación. El resto lo hizo la propia naturaleza.

Matorral oportunista
Sea espontánea o inducida la regeneración, las plantas y animales inician un nuevo ciclo biológico tras el fuego. El suelo carbonizado se descubre para todos y se da una terrible competencia por colonizarlo. En esa batalla, los herederos legítimos de los árboles muertos –los árboles rebrotados o replantados– reclaman su derecho milenario. Sin embargo, a veces, la retama, la maleza o las zarzas aprovechan los malos tiempos y su asombrosa capacidad de adaptación para robarle el terreno y los nutrientes al árbol, y acaban matando al ejemplar joven.
Los estudios de la Dirección General de Conservación de la Naturaleza sobre la regeneración de la Sierra de Gredos, quemada en el año 1986, han constatado que los pinos replantados o rebrotados que se criaban junto a las matas de escoba morían asfixiados por éstas. En cambio, en la valenciana Sierra Calderona, que ardió en septiembre de 1994, el matorral fue la primera vegetación que se plantó para evitar que la erosión y, sobre todo, las lluvias de otoño, arrastrasen las capas fértiles del suelo.
En el peor de los casos, el fuego arrasa toda la vida del bosque. Los incendios más graves queman los nutrientes del suelo, las semillas esparcidas y los microorganismos indispensables en la cadena biológica. Por eso, de no mediar una fuerte repoblación, el bosque calcinado quedará para siempre en un páramo de maleza que anticipa el desierto.
En el monte Abantos, incendiado casi por completo el 20 de agosto de 1999, se han plantado nada menos que 400.000 árboles de diversas especies, muchos de ellos, sometidos a sofisticadas técnicas de riego para que la sequía estival no los matara. También fue preciso retirar la madera quemada y otros restos susceptibles de recibir y propagar plagas, así como el cerramiento de la zona afectada para evitar que el ganado se comiera literalmente la repoblación. No por casualidad, la Comunidad de Madrid ha invertido en este espacio de gran valor ecológico de la Sierra de Guadarrama una cifra poco habitual para estos trabajos –720.000 euros–, pero hay que decir que los resultados diez años después del suceso son espectaculares. n

Programas para conocer el bosque
La regeneración del monte calcinado es una de las principales áreas de la investigación forestal. En España existen 31 centros científicos dedicados a desvelar los secretos del bosque. Digitalización de zonas arboladas, pruebas del cambio climático en los árboles, efectos de la contaminación en la salud de las plantas, remedios contra la terrible grafiosis de los olmos o identificación del ADN de especies arbóreas para conocer sus diferencias y semejanzas son algunos de los campos de estudio en los que trabaja esa treintenta de centros científicos.
la dinámica postincendio de los montes es otra de las áreas de estudio. Es el caso del Programa de Regeneración Natural del Pino Pinaster tras Incendios Forestales, un importante trabajo plurianual que desarrollan el Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias (INIA) y el Centro de Investigaciones Forestales de Lourizán de la Xunta de Galicia. El objetivo de este programa es conocer los factores que condicionan el éxito o no de la regeneración natural del pino pinaster, una de las especies arbóreas más comunes en el monte español. De los resultados del estudio, se deduce que uno de los principales factores para esperar que un bosque de pinaster incendiado se recupere por sí solo son la intensidad y la frecuencia del fuego, ya que los bosques jóvenes o que hayan sufrido grandes temperaturas durante el incendio precisan más cuidado humano. Pero también son fundamentales las adaptaciones regionales de los pinos –en la zona mediterránea, por ejemplo, las piñas se abren con el fuego más fácilmente que en los bosques gallegos– y la competencia adaptativa de otras especies que pueden invadir el espacio del pinaster tras el fuego.
”son muchos los factores –matiza Carmen Hernando, coordinadora del estudio por parte del INIA– y nos va a resultar difícil obtener un modelo de regeneración para todos los sitios”. Pero conocer las claves que facilitan el éxito de una reforestación en áreas locales ya es todo un logro para esos bosques que fueron pasto de las llamas.

Plantas a las que les viene bien el fuego
Algunos arbustos bien adaptados al clima ibérico aprovechan los incendios para eliminar competidores. El fuego no siempre hace daño al bosque. Cierto tipo de ecosistemas forestales, como los compuestos de brezos –un arbusto ramoso bien adaptado a suelos pobres y a periodos de sequía–, no sólo resiste bien el fuego, sino que lo necesita para ganarle la batalla competitiva a otras especies más voraces en tiempos de bonanza. Mientras éstas perecen con las llamas, las plantas del brezal perpetúan su existencia desde las cenizas. ¿Cómo? Esparciendo un gran número de semillas, pues, al parecer, el humo favorece su germinación, y rebrotando muchas de las plantas quemadas.
El brezal, además, arde más fácilmente cuanto más maduras y peparadas están sus plantas para soltar semillas reproductoras. En cambio, con pocos años de vida y escasas probabilidades de producir y esparcir semillas, es naturalmente menos propenso a un incendio fortuito. De todas maneras, si éste se produce, sea intencionado o natural, la escasez de biomasa reduce enormemente el alcance de las llamas.

Software para prevenir el riesgo de incendio
Un modelo informático predice los fuegos provocados según variables ambientales y socioeconómicas. Un grupo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de varias universidades españolas ha desarrollado un modelo informático que predice el riesgo de incendio provocado. La investigación analizó hasta 29 variables de riesgo, entre ellas, algunas de tipo socioeconómico, como la tasa de paro. Finalmente, el modelo creado –el primero de este tipo en España– tiene en cuenta las 13 variables más significativas para el conjunto del país, e identifica como zonas de mayor peligro Galicia, la cornisa cantábrica y los litorales catalán y valenciano.
Para crear el índice, los investigadores analizaron datos de los incendios ocurridos en 6.006 municipios de todo el país entre los años 1988 y 2000. Ahora bien, éste “no pretende ser una estimación de riesgo a corto plazo –diaria o semanal–, como se suele hacer con parámetros meteorológicos, sino que analiza el riesgo a largo plazo; más permanente y estable”, aclara Jesús Martínez, del Centro de Ciencias Medioambientales del CSIC en Madrid. Las variables con mayor peso en el modelo son la densidad de maquinaria agrícola, la densidad de ganado en régimen extensivo tradicional y la fragmentación del paisaje agrícola.

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=2728

Escrito por Redacción el ago 19 2009. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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