Tiempo detenido

Cuántas cosas dejamos para cuando tengamos más tiempo! Por ejemplo, para las vacaciones de verano, que nos eximen de cumplir con la mayoría de las rutinas de todo el año. La lectura de un libro con el sonido del mar de fondo; una siesta en el campo con las chicharras invadiendo el silencio de las tardes estivales; la novedad de un paisaje nunca antes visitado; o la vuelta a aquel rincón del mundo que nos devuelve algo muy preciado de nosotros mismos. Por Montse Cano. Directora de Integral
Cualquier actividad que emprendamos en esos días de libertad será especialmente placentera si sentimos que el tiempo se detiene y que podemos experimentarla sin prisas, sin tener que obedecer a ese dictador llamado “reloj”. Si ponemos los cinco sentidos en aquello que estamos haciendo, entonces se abrirá la puerta mágica que puede conducirnos al éxtasis.
Llegar al éxtasis no requiere grandes complejidades ni estímulos extravagantes. Sólo es necesario que nuestros sentidos y nuestra mente dancen al mismo ritmo y experimenten –sin filtros intelectuales ni juicios– lo que se está viviendo justo en ese momento, sin desear nada más. Sin pasado ni futuro, únicamente existe ese momento.
Un vaso de agua puede conducirnos al éxtasis. ¿Alguna vez has caminado durante horas por la montaña y, al final de la ruta, ya sediento y agotado por el esfuerzo, has descubierto una fuente que te brinda el agua fresca salida de la tierra? Eso es éxtasis. También la belleza de un paisaje, cambiante con cada nube que pasa, puede dejarnos en un estado de arrobamiento que anhelamos que no tenga fin.
El éxtasis requiere tiempo detenido, huye de las prisas y las obligaciones. Pero los urbanitas nos empeñamos en hacerlo todo corriendo, ignorando la sutil armonía entre felicidad y tiempo. Nos lo exije nuestra condición, aceptada y bendecida, de “trabajadores productivos”. Nos levantamos deprisa, trabajamos a contrarreloj, cocinamos en minutos, comemos a toda velocidad y, por desgracia, también amamos con igual celeridad.
Como ese vaso de agua que colma la sed cuando somos conscientes de su frescor, su pureza y de cada sorbo que bebemos, el amor y la sexualidad humana pueden ser una fuente de éxtasis o, por el contrario, de frustración.
El Tantra, tema al que dedicamos nuestra portada, es una invitación a sumergirse en el sexo paralizando el reloj mental y social. Sólo así se convierte en una experiencia que no sólo puede conducirnos al éxtasis, sino también a un mayor conocimiento de nosotros mismos. Sexo lento, sin guión previo, sin objetivos, sin obligaciones que cumplir… sólo sentir la eternidad que puede haber en un beso o en una caricia. Han sabido vendernos la impaciencia y las prisas como sinónimo de dinamismo y eficiencia. ¿Y si no fuera así?

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=2816

Escrito por Redacción el sep 7 2009. Archivado bajo Editorial, Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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