Arce

arceHay arces de azúcar nativos de Norteamérica, arces japoneses que parecen diseñados para un jardín zen, arces de colores otoñales que iluminan el paisaje… Pero entre los numerosos árboles de este género, hemos escogido al habitante de los bosques y las riberas de los ríos europeos, el grandioso plágano, llamado Acer pseudoplatanus en lenguaje científico. Este nombre nos recuerda que su hoja grande y palmeada es muy semejante a la del plátano de sombra tan común en nuestros jardines, pese a que botánicamente no tengan parentesco alguno.

El esplendor de las sombras En el arce,
se despereza el viento:
mi hermana, el agua de la lluvia,
cautiva en la torca caliza,
sigue el paso de las nubes.
Únete al viento,
murmuran las sombras.
El verano te agobia
con su segur de hierro el corazón.
Huye antes de que en el arce
arda el estigma del otoño.
(Peter Huchel)

En los parques o al borde de los caminos tiene una presencia muy notable por su frondosidad y porte espléndidos, y en la naturaleza se asienta en los terrenos fértiles, húmedos y profundos que le permiten desarrollarse rápidamente.
Su intensa transpiración crea una atmósfera fresca y saludable, y la hermosura del árbol nos seduce invitándonos en verano a recostarnos a su amparo.
Está considerado como un árbol benéfico y protector en la mitología y folclore centroeuropeos. Concretamente, en la región alemana de Baviera, si un año se observaba al arce muy frondoso, con hojas grandes y lozanas, se tenía como augurio de buena cosecha. Se colocaban ramas en los dinteles para protegerse de maleficios, incluso los propios dinteles de su madera tuvieron esa función. También existió la creencia de que alejaba a los murciélagos, considerados de mal agüero. Son sólo algunas de las muchas tradiciones que recuerdan la veneración y ofrendas que recibió antaño este árbol en numerosos pueblos de Europa.
En un cuento húngaro, un pastor enamorado de una princesa tocaba todas las tardes su flauta para su amada mientras apacentaba su rebaño. Un día, la princesa murió a manos de sus envidiosas hermanas, que la enterraron al pie de un viejo arce. La flauta del pastor quedó repentinamente muda. ¿Para qué seguir tocando si la princesa no podía escucharla? El enamorado buscó entonces madera para hacerse otra y encontró un brote a la medida que había crecido precisamente bajo el tronco de aquel árbol. Entonces, se hizo una nueva flauta, pero al ir a tocarla, ésta cantó: “Yo era hija de un rey, ahora soy una flauta de arce…” El rey maldijo y desterró a sus malvadas hijas, aunque la historia no cuenta qué sucedió con la princesa flauta de voz melodiosa.
La plantación del arce es muy simple y permite gozar en poco tiempo de un magnífico árbol de sombra poco propenso a las enfermedades y que en invierno, al caer la hoja, deja pasar el sol. Hacia septiembre u octubre se recogen las semillas aladas con las que jugábamos de niños a helicópteros por su forma de volar al dispersarse en el viento. Se siembran nada más recogerlas en un lugar resguardado del sol directo. Germina en primavera y a los dos años, puede ya trasplantarse.
Si crece en buenas condiciones, en 20 años habrá sobrepasado los diez metros de altura, aunque es capaz de superar los 30 y desarrollar, a la vez, una espléndida copa. Por esa razón, conviene escoger bien el lugar y darle un generoso espacio a su alrededor que el árbol llenará magníficamente durante varias generaciones.

Usos de su madera y hojas
También de este arce se ha extraído por incisiones la savia azucarada, auque los mejores jarabes de arce son, sin duda, los de los arces canadienses. Además, la hoja sirvió para envolver los quesos en la montaña asturiana y, extendida en los desvanes, se usaba para conservar durante todo el invierno las manzanas y patatas que se colocaban encima. También se daba como forraje al ganado, sobre todo cuando escaseaba el pasto a finales del verano. Su madera tiene innumerables usos en carpintería y ebanistería. Sirve para fabricar todo tipo de objetos torneados, recipientes y vasijas de pastores, madreñas, juguetes, instrumentos musicales… Como en el cuento de la princesa, los luthiers más exigentes utilizaban este material para sus violines e instrumentos, escogiendo cuidadosamente el árbol que debía secar durante décadas antes de empezar a trabajarse. La leyenda dice que fue precisamente esta madera la que sirvió para la construcción del mítico caballo de Troya.

Encuentros al pie de los árboles
“Por San Bartolomé (24 de agosto), brama el ciervo por primera vez.” Aunque el refrán peca de tempranero, es a partir de ahora y, sobre todo, entre septiembre y octubre, cuando van entrando en celo los ciervos y los gamos. Un poco más tarde lo harán los muflones, rebecos y cabras montesas. Es tiempo de brama y peleas de machos y los claros del bosque suelen convertirse en escenarios frecuentes de estos choques entre gladiadores que pueden oírse desde muy lejos. Con un poco de cuidado, tratando de pasar desapercibidos, podremos convertirnos en espectadores de este circo singular.

La leyenda del musgo
Cuenta una leyenda vasca que al principio del mundo todos los seres hablaban entre sí. Hombres, piedras, árboles y animales se entendían perfectamente; todos, a excepción del musgo. Fue precisamente cuando quisieron enseñarle a hablar cuando todos, salvo los hombres, perdieron el habla. En la umbría del bosque encontraremos rocas, suelos y cortezas cubiertas con una capa de musgo. El paisaje cobra en estos lugares una especial belleza y vitalidad. Los musgos no sólo retienen una cantidad de agua muchas veces superior a su propio peso, también la liberan lentamente y, durante los calores, guardan humedad suficiente para refrescar el ambiente, aliviando la sequedad del aire y ayudando al bosque y a sus habitantes a soportar el estío.
Por Ignacio Abella:

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=2837

Escrito por Redacción el sep 9 2009. Archivado bajo Cultura del bosque, Naturaleza. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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