Cambiar el sistema… empezando por uno mismo

Mientras se afianza en nuestro subconsciente la necesidad de un cambio colectivo, hay ya una avanzadilla de hombres y mujeres que demuestran que se puede vivir sin dañar el planeta.

Arrancamos el año haciendo un canto al activismo colectivo y a los vientos de cambio. Pero el muro del inmovilismo ha demostrado ser más alto de lo que se esperaba, reforzado por esta crisis que estamos pagando entre todos y que no está sirviendo para cambiar apenas nada.

La política vuelve a ser esa ciénaga hedionda, tan propensa a la mentira y al insulto, tan ajena a los problemas reales de los ciudadanos. Y el panorama es igual de desolador a ambos lados del Atlántico. Atrás quedó la fugaz primavera de Obama; por delante, un otoño de promesas alicaídas que acabarán pisoteadas como las hojas.

Nos consolamos con esa fe en la capacidad de los norteamericanos para plantarle cara a la adversidad y reinventarse a sí mismos, uno a uno, y sin esas limitaciones que aquí tenemos. Los horizontes de lo posible son siempre más anchos en esa vasta geografía donde el cielo es realmente el límite (y no nos referimos precisamente a Texas).

En Berkeley y en Nueva York, dos escritores de trayectoria muy distinta han puesto en marcha dos movimientos imparables –o eso parece– gracias al impulso de un puñado de libros, un par de documentales y varios proyectos que aspiran a lo más básico: cambiar el modo en que vivimos y aligerar nuestra huella en el planeta.

Empezamos por la costa oeste… En las colinas de Berkeley, haciendo la compra en el mercado de granjeros cercano a su casa, tuvimos la ocasión de charlar con Michael Pollan (en la foto), autor de El dilema omnívoro y El detective en el supermercado. Pollan lleva más de una década embarcado en una tarea titánica: denunciar los efectos de la alimentación industrial y ensalzar las virtudes de la comida sana (“comed alimentos reales, no demasiados, sobre todo plantas”).

Esta temporada ha vuelto a la carga con un documental, Food Inc, que ha revuelto la conciencia y el estómago a los norteamericanos. La película la dirige Robert Kenner, convertido en terror de la industria cárnica y de la agricultura intensiva. Pero la voz cantante la llevan Michael Pollan y Eric Schlosser, el autor de Fast Food Nation. Y entre otras cosas nos informan sobre cómo la carne triturada y sobrante de hasta mil vacas acaba contribuyendo a una sola hamburguesa que luego pagamos a un dólar o un euro.

“El modo en que comemos afecta más al planeta que ninguna otra esfera de nuestra vida”, palabra de Pollan. “Pero la buena noticia es que el cambio está en nuestras manos, cada vez que pagamos en el supermercado. Así es como en Estados Unidos, el país con la dieta más insalubre del mundo, ha levantado el vuelo el mercado de la comida ecológica, que mueve ya más de 20.000 millones de dólares al año”.

Food Inc tiene la virtud de hacer visible el coste ecológico, social y ético de la dieta americana, “que por desgracia se está convirtiendo en la dieta del mundo”. Michael Pollan no se queda sin embargo en la denuncia sino que ha pasado a la acción, apadrinando proyectos como el backyard farms (que aspira a convertir miles de jardines caseros en huertas) o el de los greenhorns (el movimiento de jóvenes granjeros urbanos que también tiene su propia película, dirigida por Severine von Tscharner).

El campo en la ciudad

Los greenhorns nacieron en Berkeley, pero tienden ya sus ramas por todo el país, y llegan hasta el tejado-granja de 2.000 metros cuadrados en Brooklyn, donde conocimos recientemente a Annie Novak. A sus 27 años, tras su experiencia en Ghana y Latinoamérica, Annie decidió volver al fragor de la gran ciudad y ahí está, cultivando lechugas, tomates y pepinos en el tejado, con el Empire State como centinela cercano.

Annie forma parte de una nueva generación que ha descubierto que “lo más ecológico no es necesariamente emboscarse en el campo, sino traer el campo a la ciudad”. Su cosecha ecológica y local se la quitan de las manos los restaurantes de Brooklyn; el sobrante se lo reparten entre los voluntarios que dos o tres veces por semana arriman el hombro y meten la mano en la tierra.

No Impact Man

Entre los rascacielos de Manhattan, a la altura de un piso noveno, podemos ver si le echamos imaginación al sufrido Colin Beavan, más conocido como el “No Impact Man”.

Durante un año, Beavan, su esposa Michelle y su hija Isabella se comprometieron a no usar el ascensor, a viajar tan sólo a pie o en bicicleta, a comer únicamente productos locales, a reducir drásticamente el consumo de agua y electricidad, a compostar y eliminar al mínimo los residuos, y a no usar siquiera papel higiénico… Todo en el nombre de ese proyecto que pronto nos llegará como libro y como película.

Beavan camina sobre la senda ya trazada por nuestro amigo Jim Merkel, autor de Simplicidad Radical. Su virtud, si acaso, ha sido la de empezar como el común de los urbanitas: desde la ignorancia total y partiendo de cero. Pese a los desencuentros iniciales y al ruido mediático que le acompaña, he de reconocer que su historia va más allá del típico experimento de autopromoción a la americana.

La web del No Impact Man se ha convertido por méritos propios en un ejemplo impagable de ecología práctica y el libro y la película han cuajado en un proyecto para incitar a los americanos a pasar a la acción en las tres áreas que mayor impacto tienen en el planeta: el consumo, el transporte y la energía.

“Obama tiene razón cuando asegura que necesitamos una acción colectiva contra el cambio climático”, admite Beavan. “Pero para cambiar las cosas tenemos también que reconocer que el sistema lo componemos todos nosotros. Como individuos, tomamos todos los días decisiones cruciales que afectan al mundo. No podemos esperar a que el sistema cambie por sí mismo; la responsabilidad está en nosotros como individuos.”

Suscribimos al cien por cien el mensaje del No Impact Man y hacemos desde aquí una llamada a ese utópico hombre o mujer de impacto mínimo que todos llevamos dentro.

Por Carlos Fresneda

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