Consecuencias de las técnicas de reproducción asistida

Este tipo de técnicas ponen el cuerpo femenino al borde de su funcionalidad.

Las técnicas de reproducción asistida son técnicas de manipulación ginecológica que consisten en ayudar, modificar o sustituir procesos destinados a ocurrir espontáneamente en el aparato genital femenino. La ciencia ha roto en su avance con los lazos típicos del parentesco. Hoy, hay madres que llevan embarazos de sus hijas estériles, hermanas que donan sus óvulos entre sí, madres viudas que conciben con semen congelado de su marido muerto, madres menopáusicas, etc. Ésta es la diversidad que se nos presenta en este tiempo con el auxilio de la ciencia y los profesionales ávidos por sus logros.

Creo que debemos promover el uso de otras medicinas energéticas, como son la acupuntura y la medicina homeopática, para lograr mejorar la ovulación y la calidad espermática de una forma más natural y respetuosa con el cuerpo.Cuando una pareja atraviesa la dificultad de lograr un embarazo, aparecen una serie de emociones, ansiedades y miedos, aspectos éstos que no son contemplados desde la ciencia y desde los profesionales encargados de efectuar las técnicas de reproducción asistida (TRA), movidos por fuertes intereses económicos.

La medicina aborda el cuerpo como si sólo se estuviera manipulando órganos y sabemos que no es así. Pero también sabemos que no se soluciona la angustia dando un ansiolítico, o un antidepresivo a quien no es un/una paciente psiquiátrica, sino que la tristeza es el síntoma que expresa la frustración por lo que no se consigue, más la incomodidad de exponer el cuerpo a la manipulación. Cuando la exploración ginecológica y sus estudios complementarios muestran un organismo femenino capaz de vivir el proceso biológico de la maternidad pero ello no ocurre, habrá que poder escucharlo también desde otra disciplina que nos permita entender qué otros elementos (psíquicos) están en juego.

Tiempo para informarse

Cada vez concurren a nuestras consultas más mujeres que posponen el tiempo de la maternidad por razones profesionales, académicas u otras entre las que incluyo los avances en temas estéticos que confunden la imagen. Desde la adolescencia hasta la primera alarma que salta del reloj biológico (35 años aproximadamente), el deseo de tener un hijo en muchos casos no ha sido ni descartado ni asumido. Descifrar estos interrogantes nos puede llevar a ayudar a la paciente a hacer consciente lo que le ocurre.

Ante la esterilidad sin causa aparente (ESCA), la medicina actúa con una multitud de estudios y exploraciones la mayoría estresantes para quien los soporta. No propone ni respeta siquiera la posibilidad de un espacio concomitante con la demanda médica que sirva para escuchar y esclarecer. Para vencer ese fracaso, al sistema no le importa abusar del cuerpo femenino llevándolo al borde de su funcionalidad, como ocurre en una hiperestimulación ovárica, consiguiendo a veces más de ocho a diez óvulos por ciclo, burlando así los límites de la naturaleza.

Sería bueno recomendar a las parejas que antes de optar por estas técnicas se dieran el tiempo necesario para informarse, reflexionar y elaborar los efectos emocionales que la situación revela. Labor ésta que requiere de la escucha psicológica, para ayudar a la pareja a detenerse y entender qué les ocurre, qué se les propone, etc. No todo aquello que es posible hacer se puede hacer o se debe hacer. No se debería llegar al límite de la resistencia psíquica de las personas.

La participación de los donantes deja muchas veces en evidencia la situación de máxima vulnerabilidad emocional de la pareja. Los salvadores anónimos pueden ser un factor importante de desestabilización de la pareja, que ya siente invadida su intimidad y su sexualidad.

Actualmente en el ser humano hay una resistencia a aceptar las limitaciones que nos presenta la vida, y esta dificultad nos puede llevar a veces a buscar respuestas en la ciencia. Se trata de tener un hijo sea como sea, en lugar de aceptar que ello no es posible.

Por todo ésto, insisto en que la dimensión subjetiva y emocional de las personas involucradas en estos procesos no debe quedar invisibilizada, ya que en gran medida es lo que determina el éxito o el fracaso y sus consecuencias.

El caso clínico de Lucía

Lucía era una adolescente encantadora cuando la visite por primera vez. Tenía 17 años y era su primera visita a un ginecólogo. Recién comenzaba a tener relaciones sexuales. Después de verla un par de veces, le hice un examen ginecológico, el cual certificó que todo estaba bien. Hablamos mucho sobre métodos anticonceptivos y eligió usar preservativos para empezar. Pero, al año, como ya tenía una relación estable, se planteó usar el diafragma.

Cuando tenía 24 años, ya estaba casada y quería tener hijos. Dejó de usar método anticonceptivo alguno… y fue a por ello. Pasaban los meses y no se quedaba embarazada. Al cabo de un año, empezamos a hacer tratamiento homeopático y a la vez unas pruebas muy básicas en el tema, como comprobar por medio de la temperatura basal si había ovulación, su estado hormonal por una analítica y un espermograma que mostraba una disminución espermática en su pareja, la cual se corrigió, no obstante, en poco tiempo gracias al tratamiento homeopática. Pero nada cambió.

Conforme fueron pasando los meses, su ansiedad, que ya había aparecido desde el principio, se fue instalando con más fuerza. Cuando ya hacía dos años que lo intentaban sin obtener el embarazo, decidieron recurrir a la reproducción asistida.

No volví a ver a Lucía hasta 20 meses después. Grande fue mi sorpresa al verla aparecer con una bebé de 3 meses en brazos y una enorme sonrisa en la cara. Me explicó que le habían hecho siete inseminaciones y que ninguna prendió. Luego la in vitro, que, a la primera, se dio. Aquí, yo calculé en silencio que había sido estimulada con hormonas mes a mes durante ocho ciclos, siete para ser inseminada y uno para la FIV. ¡Ocho estimulaciones en 10 meses… es una barbaridad!

Me contó que el embarazo había sido estupendo, tranquilo y feliz. El parto lo fue más aún. Fácil y bastante rápido. Al terminar de decir esto y con su niña en brazos, abruptamente se le desdibujó la sonrisa, empezó a llorar y me dijo: “Pero quedan seis embriones congelados”. Siguió: “Cuando salí de la clínica con la alegría de llevarme a mi hija en brazos pensé: “¡Tendré los seis!”… ¡pero ahora pienso que no sé ni si quiero otro! Tengo 26 años, deseo hacer muchas cosas en mi vida además de ser mamá”. “Para mí, no son células –me dijo– son hijos, y no puedo con la idea de que estén ahí…tan lejos pero tan cerca a la vez. ¿Qué pasará? ¿Serán hijos de otra gente?…pero son nuestros y no se pueden destruir. Si nosotros no los queremos, nos obligan a donarlos… pero ¿Cómo puede ser? Yo no pedí ésto y me enteré cuando ya estaban. No nos avisaron que podía ocurrir…”.

Sobran los comentarios. Sólo diría a los profesionales encargados de lograr tantos éxitos en la fertilidad: “Sí… pero no así…”.

Por Mónica Puga Médica homeópata, psicoanalista, Enfermedades de la mujer.

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