¿Quién salva al gato?
Mientras me dirijo a la redacción de Integral en el primer día (muy tardío) de auténtico frío, a más de 2.000 km de distancia, 20.000 delegados de 190 países convierten la Conferencia sobre Cambio Climático de la ONU en un galimatías de cifras y regateos. Al cierre de esta revista, aún queda una semana para llegar a un acuerdo, pero Copenhague parece más un zoco que una conferencia mundial para buscar soluciones de verdad a un problema que atañe a toda la humanidad.
Cojo el metro y saco del bolso el libro que me distrae en la media hora larga que tardo en llegar a mi puesto de trabajo. Acabo de empezar a leer No Impact Man, de Colin Beavan, un “progre con complejo de culpa” que vive en Nueva York y que se embarca en la aventura ecológica de conseguir un balance de emisiones cero cambiando todos los hábitos de su estilo de vida y los de su familia. En las primeras páginas, Beavan aclara que su mala conciencia por no actuar contra el cambio climático le lleva a adoptar la postura más extrema, prescindir de todo el consumo que suponga emisiones de CO2, incluido el papel higiénico. Para que entendamos el porqué de su mala conciencia, explica un cuento zen: hace mucho tiempo, en China, un gato callejero llega al monasterio del maestro Nam Cheon. Unas veces el gato se acurruca en el regazo de los monjes que viven en la residencia del Este, y otras veces acompaña a los que viven en la residencia del Oeste. En vez de cuidar el gato conjuntamente, los monjes de uno y otro lado empiezan a pelearse por quedárselo, argumentando que lo aman más que los otros. Un día estalla la discusión en el salón donde los monjes deberían estar meditando. Finalmente, el maestro Nam Cheon entra en la sala, agarra al gato y le pone un cuchillo en el pescuezo. “Monjes –les dice el maestro–, dadme una sola palabra de amor verdadero por este gato y lo salvaré; si no lográis hacerlo, lo mataré.” De esta forma, los pone a prueba. ¿Aman al gato de verdad o lo único que enarbolan es su orgullo? ¿Se harán responsables de su vida o están demasiado ocupados con ganar la pelea? Ninguno de los monjes sabe qué decir, lo único que les preocupa es demostrar que los del otro bando no tienen razón, de modo que Nam Cheon mata al gato. “Lo que empezaba a preocuparme –explica Colin Beavan en No Impact Man– era que, en lo que se refiere a la salud del planeta, yo y el sistema político del que participo guardábamos mucho parecido con la historia de aquellos monjes.”
En Copenhague, los líderes mundiales se obstinan en discutir sobre números mientras la vida del gato está en juego: ¿cuándo, cómo y quién carga con el peso en favor de la protección del medio ambiente?, “algo que no tiene tanto con ver con el agua, el aire y los árboles, como con el empleo y el bienestar”, escribe Daniel Innerarity, catedrático de filosofía de la Universidad de Zaragoza.
Y mientras se pelean para que pague más el otro, todos –absolutamente todos– recordamos que esos mismos políticos, hace muy poco, sí se han preocupado por invertir 8,4 billones de dólares para salvar los bancos en quiebra.
Un deseo: que el 2010, Año Internacional de la Biodiversidad, nos traiga las leyes ambientales y las conductas ejemplares que nos faltan.
Montse Cano
Directora de Integral
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