Frits Hesselink avanza las claves del desarrollo sostenible
El comunicador holandés asegura que la resistencia al cambio de hábitos es el mayor obstáculo para el ahorro energético. Texto y fotos: Rafael Carrasco
Frits Hesselink es uno de los más prestigiosos expertos mundiales en comunicación ambiental. Asesora a organizaciones internacionales, gobiernos y ONGs en tan importante materia y en esta entrevista, nos explica lo difícil que es cambiar nuestros hábitos de consumo hacia modelos más sostenibles.
¿Se puede decir que es usted un experto en cambio de actitudes respecto al medio ambiente?
Mi trabajo consiste, sobre todo, en ayudar a organizaciones internacionales y gobiernos en proyectos de desarrollo sostenible y, especialmente, en hacerlos más efectivos en lo que respecta a la comunicación de esos programas. Mi campo de acción no se limita a Holanda sino que abarca otros países europeos, así como América, Asia y África. A lo largo de mi carrera he ganado mucha experiencia trabajando con gente de otras culturas y otros continentes, es decir, con consultores a nivel local. De hecho, creo que el principal valor de mi experiencia está en escuchar y, a través de ese proceso de escucha, encontrar las claves o las puertas de entrada a cómo se puede hacer una comunicación más efectiva en este ámbito del desarrollo sostenible.
¿Puede ponernos un ejemplo de en qué consiste su trabajo?
He trabajado, por ejemplo, en el diseño del logo del Año Internacional de la Biodiversidad. Había creativos que se ocupaban del diseño gráfico y el dibujo del propio logo, expertos en márketing cuya función era encontrar las frases más pegadizas para acompañar este trabajo. Mi esfuerzo ha consistido en asegurarme de que este logo sea atractivo internacionalmente, que se pueda entender en diferentes países y diferentes culturas –por ejemplo, en China– y que, en definitiva, sea eficaz no sólo en el sitio en el que se ha diseñado, sino en todo el mundo.
Usted suele decir que la principal resistencia en el cambio de actitudes hacia la sostenibilidad es psicológica. ¿Puede explicarlo con detalle?
En los últimos 50 años, el estilo de vida europeo se ha centrado, sobre todo en el ámbito urbano, en comprar coches y cosas por el estilo que hoy consideramos muy normales, pero que tienen una huella ecológica muy profunda. Mi perspectiva es que es necesario adaptar ahora el sistema de vida que tenemos para hacer las cosas de una forma más inteligente; por ejemplo, consumiendo menos energía, y ahí, la clave es el diseño. Hay que diseñar mejor las viviendas y las ciudades y, en general, utilizar un diseño más inteligente que nos ayude a evitar el derroche de energía. Cosas como el doble acristalamiento o sustituir las bombillas tradicionales por bombillas de bajo consumo, por ejemplo, nos permiten disfrutar de un estilo de vida y un nivel de bienestar muy similar al que tenemos ahora, pero reduciendo la huella ecológica. La clave está en utilizar el cerebro para hacer las cosas de una manera distinta.
¿Por qué nos es tan difícil cambiar sabiendo lo que sabemos sobre el cambio climático o la química en los alimentos, por ejemplo?
Cambiar, en general, es muy difícil. Pensemos en el consumo de tabaco. Todos los fumadores saben que es malo fumar y, a pesar de ello, la gente continúa fumando a menos que ocurra algo, como que te dé un ataque al corazón, a ti o a alguien de tu entorno. Cuando tienes una experiencia personal del riesgo que supone la actividad que estás llevando a cabo se establece el marco para ese cambio. Muchas veces hay que tener esa experiencia para cambiar. El cambio siempre cuesta porque es algo a lo que todos nos resistimos y es más fácil efectuarlo cuando hay un apoyo de otros; de la comunidad, del grupo, ya que cambiar individualmente es mucho más difícil. Por eso, una de mis apuestas es la necesidad de dirigir estos mensajes de cambio a las comunidades y no a las personas de forma individual.
¿Cómo es posible tener una experiencia personal del cambio climático?
Un estudio de la Asociación Americana de Psicólogos muy interesante ha comparado las actitudes de los políticos en varios países respecto al cambio climático. En el norte de Canadá, por ejemplo, las fuerzas políticas y los gestores públicos son sensibles a estos temas y lo cierto es que están experimentando problemas reales, como la desaparición gradual de los glaciares. Su ligazón con esas consecuencias es muy real; tienen el cambio climático muy cerca, por así decirlo. Las encuestas que han hecho a políticos en el centro y oeste de Estados Unidos o en Centroeuropa, donde esa experiencia del cambio climático no existe, han revelado, por el contrario, que las opiniones de esas personas no son en absoluto las mismas.
Pero ¿dónde está la clave de todo este cambio? ¿En las personas, en los gobiernos, en las empresas o en las leyes?
La clave está fundamentalmente en las personas. Los gobiernos no van a hacer ningún cambio si no perciben que hay un requerimiento social para ello. Tampoco las empresas los harán si no sienten que se les exige; si no consideran que hay un grupo considerable de consumidores que así lo piden. Eso no quiere decir que no hagan falta los gobiernos. Ellos son los que tienen que establecer las reglas básicas del juego y dictar las leyes o incentivos económicos, pero la clave está, sin duda, en las personas. Por ese motivo es importante aumentar el nivel de percepción de los ciudadanos, para que ellos tomen la batuta y exijan cambios a su gobierno. Los gobiernos, por otro lado, tienen que predicar con el ejemplo. No puede ser que haya políticas que favorezcan adquirir maderas tropicales taladas ilegalmente o que compremos electrodomésticos y aparatos electrónicos que no sean eficientes energéticamente.
Entonces, los gobiernos tienen mucho que hacer en este proceso, ¿no?
En los años 80, el Ministerio de Medio Ambiente de Holanda se mudó a un nuevo edificio justo al lado de la estación de tren de La Haya pensando que esto [la cercanía al tren] iba a mejorar mucho la movilidad de su personal. Incluso procuró transporte ferroviario gratis a todos los empleados. Y lo que se encontraron fue que la gran mayoría de las personas seguía yendo a trabajar en coche. El ministerio no salía de su asombro y contrató a varios consultores, entre los que se encontraba mi empresa. Al final, vimos que la respuesta era tan sencilla como que el aparcamiento para empleados era totalmente gratuito. Lo que nosotros dijimos era que había que cobrar una tarifa por aparcar, igual que en cualquier párking comercial. En el momento en que hicieron eso, una mayoría de la plantilla pasó a utilizar el sistema público de transporte. A veces son medidas tan sencillas como la que te he explicado las que consiguen resultados más eficaces.
¿Para quién trabaja mayoritariamente su empresa; para gobiernos, para organizaciones sociales o para compañías?
Trabajamos, sobre todo, para organizaciones internacionales como el Banco Mundial o el PNUMA, pero también tenemos como clientes a los ministerios de Medio Ambiente de Brasil y de Vietnam, y hemos hecho algo para el Ministerio de Medio Ambiente de España.
Mi trabajo consiste en ayudar a los gobiernos a tomar decisiones en el ámbito del desarrollo sostenible. Tengo la sensación de que es muy difícil [para los gobernantes] tomar decisiones de peso sentados en un despacho, tras una mesa. Una gran parte de mi tarea es fomentar los diálogos con varios grupos de interés, planificarlos, montarlos, hacer un poco de guía, mediador y facilitador de este tipo de reuniones para que, al final, esos grupos de diálogo se produzcan y arrojen resultados eficaces para solucionar el problema que se esté tratando.
¿Y qué me dice del trabajo con las empresas privadas?
Hace unos años, cuando trabajaba más en Holanda, lo hacía para empresas como Amro, KLM o el Aeropuerto de Schiphol. Ahora no hacemos casi nada para el sector privado y alguna empresa que se me ha acercado la he rechazado porque no me gustaba el tipo de compañía.
¿Cómo cree que estamos comunicando los periodistas a la gente todos estos hechos del medio ambiente?
No creo que lo estén haciendo muy bien, pero no puede achacarse esto al mundo del periodismo. El periodista tiene una labor muy difícil y ahora aún más. Con la competencia digital, se están reduciendo las plantillas en los medios en general. Hay un reto constante por dar información de calidad, pero esto resulta caro. Otra cuestión son los editores, porque un periodista puede escribir un reportaje fantástico, pero si el editor luego lo recorta o lo rehace, entonces la situación cambia. Es fundamental que los editores se den cuenta de que los temas de cambio climático, vida sostenible o cambio de hábitos son cada vez más importantes para la ciudadanía y hay que saber comunicarlos apropiadamente.
¿Cree que estamos cambiando realmente nuestros hábitos después de tanta información sobre la degradación del medio ambiente?
Claramente, sí. En los años 70 y 80, en Holanda, venía el camión de la basura y se llevaba los cubos con todos los residuos mezclados. Ahora, en cambio, separar el vidrio y depositarlo en un contenedor aparte se ha convertido en un hábito tan profundamente arraigado que la gente ya no lo hace por ser ecologista, sino que aprovecha para pasear al perro o para sacar al niño un momento. Ya no somos conscientes de que lo estamos haciendo y ahí está la clave. Hay viejos hábitos que se van perdiendo y otros nuevos que, cuando se instauran definitivamente en tu cerebro, dejas de ser consciente de ellos.
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