Cabo de Gata, reserva de belleza natural
El parque, en un sistema volcánico marino, acoge especies únicas. Hasta hace bien poco, Cabo de Gata, en Almería, era considerado poco menos que un pedazo de tierra polvorienta sin valor y habitado por descamisados.Por Jesús Cano Hasta hace unas décadas, los únicos extranjeros que iban eran industriales en busca de sus ricos yacimientos mineros. A su acentuada aridez y aislada situación se unía su fama de territorio inseguro, asolado durante siglos por los ataques berberiscos. Precisamente ha sido esa tradicional desafección lo que lo ha resguardado no sólo de gran parte de la virginidad de sus ecosistemas sino también de su importante patrimonio etnológico. Sin embargo, en los años 60 lo descubrieron muchos hippies ilustres. Pero si por algo está cobrando fama en los últimos años el parque natural de Cabo de Gata entre quienes huyen del mundanal ruido es por ser, en palabras del poeta José Ángel Valente, una “reserva inapreciable de belleza”. Su especial configuración geológica, determinada por un sistema volcánico marino, la suavidad del clima y la elevada insolación lo convierten en un territorio perfecto para empaparse de impresionantes parajes, que surgen de una perfecta simbiosis entre el mar, la tierra y un cielo siempre libre de nubes, en el que reina la luz.
En sus límites, que abarcan una escuadra casi perfecta de más de 38.000 metros cuadrados y una milla costera de anchura, se pueden contemplar desde espectaculares ocasos, en lugares como el Playazo, cerca de Rodalquilar, a impresionantes amaneceres, en acantilados como el de la Vela Blanca, cerca de San José; es posible admirar las caprichosas formas con que el mar ha labrado las rocas volcánicas, en el Arrecife de las Sirenas o el Dedo de Dios, en el mismo Cabo de Gata, o contemplar excelentes panorámicas de los salientes costeros en elevaciones como Mesa Roldán, al noreste del parque.
Bosques y endemismos
La riqueza biológica de este espacio no podía pasar desapercibida para la UNESCO, que declaró Reserva de la Biosfera en 1997 uno de los pocos parques marítimo-terrestres de España. La ausencia de precipitaciones y, por tanto, de cursos permanentes de agua (sólo hay tres y de escasa entidad), ha determinado unos biotopos perfectamente adaptados, donde destacan, por ejemplo el palmito, la única especie europea de palmera, o la amplia comunidad de azufaifos de España. Hay que nombrar también algunos endemismos como el dragoncillo de Cabo de Gata o el azafrán del Cabo. Por desgracia, un primitivo bosque de sabinas, pinos, carrascas o chopos despareció hace ahora dos siglos, víctima sobre todo del carboneo abusivo, aunque quedan algunos residuos de aquel en lugares como el Pinar, en la Sierra de Gata. Y, fijando la vista en el mar, bajo las limpias aguas se dejan ver extensas praderas de posidonia oceánica, verdaderos nidos de vida marina donde medran hasta 1.300 especies de esponjas, equinodermos, crustáceos, moluscos y peces. Y hablando de fauna, Cabo de Gata sirve de refugio a un extenso catálogo de vertebrados e invertebrados, aunque si destaca por algo es por su avifauna. Podemos escuchar en las sequedades del norte del parque el canto de la rarísima alondra de Dupont, siempre oculta entre ramas de tomillo. Al otro extremo, los charcones salinos cercanos al Cabo acogen cigüeñuelas, garzas, gaviotas, patos o focha común pero, sobre todo, sus famosos flamencos (Phoenicopterus ruber roseus), que llegan a los 3.000 individuos en verano, elegantes como el ave fénix, al que alude su nombre científico.
Tierra de minas
En estos charcones encontramos otro de los alicientes turísticos de este parque: las salinas. Para producir sal se recurre actualmente a grandes piscinas situadas en los acantilados donde la sierra toca el mar. Una vez recogida allí por el flujo de las mareas se traslada por un canal a los charcones, donde se obtiene por desecación. Muy cerca se contempla la esbelta torre de la iglesia, de estilo centroeuropeo, que nos recuerda la presencia de empresas europeas en la explotación minera. Otro lugar relacionado con la minería es Rodalquilar. Durante el siglo XVI se extrajo en este lugar abundante alumbre, o sulfatos blanquinosos, para tintes, curtiduría o fabricación de papel. Pasó el tiempo y antes de mediar el siglo XIX se reinició la actividad minera en Rodalquilar, esta vez gracias al descubrimiento de depósitos de cuarzo aurífero. Pero la auténtica fiebre del oro no llegó hasta la tercera década del siglo XX, inicio de una etapa de enorme prosperidad para la zona que apenas duró cuatro décadas. Ahora que aquellos tiempos son sólo un dulce recuerdo, se pueden visitar las viejas instalaciones, convertidas en centro de recepción del parque, las casas de los mineros o buscar en los alrededores destellos dorados entre los depósitos de ganga.
Además de la ingeniería minera, la vieja mano del hombre ha dejado huella en instalaciones hidráulicas como los molinos del Saltador Bajo, en el río Alías, cerca de Carboneras; también en las numerosas norias de sangre tiradas por bestias o en las dos docenas de molinos de viento que hay diseminados a lo largo de todo el parque. Resulta, sobre todo, muy recomendable visitar alguna de las típicas casas con terrao de launa y paredes encaladas, edificios de geometría rotunda, con gruesos muros de piedra y barro para resguardar de la calor, dotadas de lunetos y claraboyas para dejar entrar los fogonazos de luz; junto a ellas siempre hay un tanque redondo o un aljibe cuadrado resguardando como cofres el preciado líquido; o un viejo horno de pan similar a los que encontramos todavía en uso en el norte de África. Inspirándose en esta arquitectura popular el arquitecto francés André Block diseñó en 1960 su famosa Casa del Laberinto, edificio iconoclasta todavía, que puede admirarse en la playa de las Marinicas de Carboneras.
Territorio de corsarios
Precisamente la estratégica cercanía con la costa argelina ha determinado durante siglos los avatares históricos de esta tierra. Hay lugares como la Isleta del Moro que recuerdan el continuo peligro que supusieron durante siglos los corsarios berberiscos, que en sus razzias se aprovisionaban de alimentos y capturaban esclavos, en algunos casos poblaciones enteras. Igualmente fueron estas costas escenario de la huida de muchos moriscos, acusados de apoyar a los invasores, antes de la expulsión, y también del éxodo final que sufrieron entre 1610 y 1613. No es de extrañar que la documentación que se conserva sobre esta zona aluda predominantemente a las instalaciones defensivas que se fueron construyendo entre los siglos XV y XVIII y a muchas otras que quedaron en proyecto. Además de innumerables torres de vigilancia, a lo largo del parque hay ocho fortificaciones de cierto calado, desde las cuales sus defensores resistieron casi siempre con éxito los ataques de los bajeles musulmanes. Hoy, la mayor parte de ellas se encuentran abandonadas, a la espera de su restauración y recuperación como espacio de ocio. Una de ellas, la batería de San Felipe de los Escullos, ya se destina a este uso; visitarla nos dará una idea clara de cómo funcionaban estas defensas, al tiempo que podremos disfrutar desde allí de magníficas vistas al mar o asistir a algún acto cultural de los que se organizan. Alguno de estos torreones poseen un notable mérito artístico. Es el caso de la Torre de los Alumbres de Rodalquilar, de estilo renacentista, el más antiguo de cuantos existen en el parque, o del castillo de San Andrés en Carboneras, algo posterior y de estilo manierista.
Una de estas fortificaciones preside la Cala de San Pedro, cerca de las Negras, refugio hippy al que, afortunadamente, sólo es posible acudir en barca o tras una hora de polvoriento camino. Aquí, una pintada escrita sobre el cartel oficial de la Junta de Andalucía invita, al grito de “Todos en pelotas”, a practicar el nudismo. Se cree que en este recogido lugar ya en tiempos de Al Andalus se levantaba un ribat o castillo monasterio de monjes guerreros musulmanes. Lo que parece seguro es que existía una fortificación islámica en el siglo XII, descrita por Al Idrisí, y que pocos lugares eran tan propicios a los piratas para organizar sus ataques. Siguiendo la línea costera hacia al norte, tras pasar por la localidad turística de Agua Amarga, el nombre de la famosa playa de los Muertos nos recuerda los numerosos naufragios, lo mismo de moros que de cristianos, de que fue testigo este litoral. Parece ser que las corrientes arrastraban irremediablemente a los ahogados a las finas arenas blancas de esta bellísima playa que resulta el lugar perfecto para descansar de nuestro periplo por esta costa que, muy bien, podría haber acogido las andanzas de algún héroe mitológico.
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