La buena suerte: entrevista con su autor
Álex Rovira nos enseña las palabras que curan y ayudan a entender la vida. El autor de ‘La buena suerte’ ha recogido en un libro aforismos que permiten a las personas conectar con su interior. Por Francesc Miralles.
Hace poco se publicó la antología de aforismos de Álex Rovira Las palabras que curan (Plataforma Editorial), deonde recoge y comenta las citas más importantes de su vida ordenadas por grandes temas. Este ejercicio de pasar a limpio lo aprendido a lo largo de cientos de lecturas nos sirve para conocer a la persona que hay detrás de obras de tanto éxito como La buena suerte o El laberinto de la felicidad. Álex transmite la tranquilidad del hombre que no tiene prisa cuando se trata de debatir sobre cuestiones existenciales. Hoy vamos a hablar de lecturas y reflexiones que han cambiado su vida y la de muchos miles de lectores.
¿Cuáles fueron los libros más importantes en tu etapa de formación?
Más que libros, yo hablaría de autores, como Herman Hesse. Cuando tenía 15 años leía de todo. De Hesse, pasé a Erich Fromm, Elizabeth Kübler-Ross, Stefan Zweig… Recuerdo que Los ojos del hermano eterno me marcó profundamente.
Si de adolescente leías eso, ¿por qué estudiaste una carrera de ciencias?
Mi gran pasión desde pequeño siempre fue la filosofía y la psicología. Recuerdo que mi padre tenía ensayos de Jung, Adler y Freud, entre otros, y yo intentaba leerlos con sólo 8 o 9 años. Siempre leía en la cama antes de dormir. Aquello me hacía pensar que esos volúmenes contenían algo muy interesante, ya que deduje que prefería la lectura al descanso.
¿Y tu decisión de optar por Económicas?
Fue motivada simplemente por una situación de crisis económica en la familia. Mis padres me aconsejaron una carrera que me permitiera ganarme la vida. Siempre podía seguir leyendo filosofía. Estoy contento de haber tomado esa decisión porque me ha permitido ser un marciano dentro de este planeta. Me di cuenta, por ejemplo, de que en los escritos sobre economía no se hablaba de que la psicología crea la economía. Por eso inventé el término psiconomía, que es algo que no se enseña en la universidad.
Algunos dicen que un libro no te puede cambiar la vida. ¿Qué opinas?
Yo sólo puedo hablar por mi experiencia. Hay libros que han cambiado mi vida, como El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. También los evangelios influyeron en mi manera de entender la existencia, así como la novela de Zweig que antes he citado. Sin duda, las palabras tienen un efecto trascendente en la vida de las personas, tanto si te las dicen físicamente como mediante un escrito, una carta o un libro. Está claro que lo que leemos puede provocar una inflexión en nuestra manera de significar la vida, de darle sentido y, por lo tanto, de escoger nuestras actitudes ante ella. Los libros son una herramienta poderosísima.
¿Cuál es el secreto de los aforismos que han llegado hasta nosotros, algunos de hace dos o tres mil años?
Son como los haikus: destilan belleza y conocimiento con un conjunto de menos de 40 fonemas en la mayoría de los casos. Son mensajes que pueden apuntalarte en un momento difícil de tu existencia o bien abrirte una ventana a una percepción distinta. Creo que lo que caracteriza a los aforismos es que nacen de la honestidad y de la bondad, aunque también los hay irónicos o cáusticos. En Las palabras que curan hay algunos con cierto humor, pero el factor común es que curan. Desde una provocación sana, llevan al lector a conectar con su esencia, con su alma, ese espacio interior sagrado al que algunos irán llegando. Freud decía que después de 40 años de estudio, siempre acababa llegando a lugares donde ya había pasado algún poeta. Tal vez por eso en el libro he incluido muchos fragmentos de poetas.
Según la Programación Neurolingüística (PNL), si cambiamos nuestro lenguaje, acabaremos cambiando nuestra realidad. ¿Estás de acuerdo?
La programación neurolingüística puede ser útil en determinados casos, al igual que la Gestalt o las constelaciones familiares, pero no debemos pensar que es la panacea. Yo soy partidario de la psicología integrativa o sistémica. Decir que todo problema es un clavo significaría que la única solución es un martillo. Y eso es un error porque hay muchas herramientas para muchos tipos de problema. También es válido el psicoanálisis o un proceso de arteterapia, por ejemplo. No creo que debamos limitarnos a una sola herramienta.
La primera sección de tu libro de aforismos trata del Aquí y Ahora. ¿Cómo vive Álex Rovira el día a día?
Depende del momento (ríe).
Un día sin conferencias.
A mí me gusta levantarme hacia las 5 de la mañana. El espacio de tiempo que hay de esa hora temprana hasta las 8 es de silencio total y absoluto. Lo aprovecho para leer, escribir o preparar alguna charla. De todos modos, mi agenda es muy variada y tengo obligaciones muy diversas. Intento tener cada día un espacio de lectura y otro para escribir, aunque sea sólo un conjunto de ideas.
Hablando del momento presente, ¿qué consejo darías a las personas que tienden a cargar con el pasado o que se angustian pensando en el futuro?
Estoy convencido de que el pasado y el futuro son las sedes de las enfermedades. Si nos anclamos al pasado, será muy fácil que caigamos en la rabia, en la nostalgia, en el victimismo… Y fijar nuestra mirada en el futuro produce desazón. No creo demasiado en los consejos genéricos a terceros porque hay que ver cada caso concreto, pero la consciencia de la fragilidad de la vida nos conecta con una sensación profunda de milagro por el solo hecho de estar vivos. Es lo que decía Morrie Schwartz en Martes con mi viejo profesor: “Todos sabemos que vamos a morir, pero nadie se lo cree.” Esta consciencia de que la vida es un regalo instante a instante, que no sabemos cuándo puede llegarnos la muerte, nos conecta con el aquí y el ahora. Hace que uno se olvide del pasado y deje de hacer cábalas con su futuro. A menudo, nos perdemos la profundidad de las experiencias porque somos incapaces de conectar con lo que tenemos en este instante. Creo que es algo que vale la pena tener en cuenta. De lo contrario, nos ocurrirá lo que decía John Lennon: “La vida pasa mientras nos empeñamos en hacer otros planes.”
¿Qué significa exactamente ese “don de no resignarnos” que aparece en tu libro?
Balzac decía que la resignación es un suicidio cotidiano. Y hay también un aforismo de Jung que me encanta: “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir.” Eso es ser responsable: vivir tu propia vida. Si no lo haces, aquello que niegas se acabará por convertir en tu destino. La responsabilidad no es sólo algo de uno hacia los demás. Es gestionar tu vida y darle sentido sin que sea una fijación. Es mejor no dejarlo en manos de la inercia. No hemos sido educados para pensar en nuestra vida como un objeto de pensamiento, y éste es el gran drama.
También hablas del miedo. ¿Cómo podemos enfrentarnos a la incertidumbre económica, política y ecológica que nos ha tocado vivir?
¡Siempre ha habido incertidumbre económica, política y ecológica! Si coges cualquier periódico o crónica verás que siempre ha habido guerras, epidemias y escasez. La vida es siempre una aventura, por esa razón no debemos empeñarnos en vencer nuestros miedos, ya que lo que vencemos lo negamos y lo que aceptamos nos transforma. Más que vencer los miedos, lo que tenemos que hacer es convencerlos. Es necesario mirarles a los ojos para saber si son miedos reales o imaginarios, como las fobias o angustias. Debemos preguntarnos: ¿este miedo tiene un objeto real? Y en segundo lugar, si lo tiene, entonces tenemos dos opciones: o hacerle frente o huir. Yo creo que vale la pena hacerle frente. Si es imaginario, muchas veces nos daremos cuenta de que esconde un deseo al revés.
¿Un deseo al revés?
Sí, lo decía Nelson Mandela en su discurso de toma de poder en el Congreso Nacional Africano: “Nuestro miedo más profundo es constatar que somos increíblemente poderosos. No es nuestra oscuridad, sino nuestra luz lo que nos aterroriza.”. En el fondo nos da pánico asumir nuestra capacidad de amar, de ser conscientes y responsables de nuestros actos, porque si conectamos con esto, la vida deja de ser un pasatiempo para convertirse en un compromiso. Uno se lanza o no se lanza, por eso siempre digo que hay gente que simplemente existe y hay gente que vive.
En el libro comentas que, en chino, el ideograma para “crisis” es el mismo que para “oportunidad”. ¿Qué oportunidad crees que nos brinda el mundo actual?
Pienso que cada uno debe encontrar sus propias oportunidades. Es así de sencillo. No estoy de acuerdo con los pesimistas.
Si leemos la prensa, da la sensación de que el fin del mundo esté aquí al lado…
Sin duda, hay mucho que hacer para combatir el hambre, la pobreza y el sufrimiento, tanto el real como el psicológico. Nuestra misión es ponernos manos a la obra y remar. No sirve de nada gritar: “¡Que viene el lobo, que viene el lobo!” Como decía Edison, “los que no creen en las utopías no deberían molestar a los que luchan por ellas”. Yo pienso como él. ¡Basta de lamentaciones! Necesitamos idealistas prácticos. Siempre encontraremos argumentos para la resignación y el cinismo, es más, vivimos en un mundo donde tener mala uva o ser descreído está de moda, pero eso no va a arreglar nada.
¿Por qué crees que en el Primer Mundo hay más personas con depresión que en los países pobres?
Pienso que se combinan dos variables. Una es que la industria farmacéutica necesita que se hagan muchos diagnósticos de depresión para tener al cliente fiel toda la vida desayunando Prozac. Muchas veces se le pone la etiqueta de depresión a procesos naturales de duelo y de tristeza, lo cual no significa que las pastillas no puedan ser útiles en determinados casos. También ocurre que se suele confundir confort y placer con la felicidad. Pero la felicidad es un estado de conciencia, no un estado material. Si nos fijamos en lo que nos hace realmente felices, veremos que lo esencial es aquello que es puro, como la naturaleza, el afecto de la gente que nos rodea… Lo que necesitamos son referentes que nos ayuden a pensar y gestionar las cuestiones esenciales de la vida. El gran problema es que no aceptamos la dualidad. Queremos vida, pero no muerte; queremos alegría, pero rechazamos la tristeza. Vivimos en un sistema estúpido donde sólo se quiere la parte positiva: quiero el perro, pero no quiero limpiar sus excrementos; quiero una pareja, pero no lucharé si la cosa no funciona. Según la OMS, la depresión aumenta por tres causas: la presión social, la soledad y la angustia, que es una consecuencia de las otras dos. ¿Cómo se acaba con la depresión? Relacionándonos los unos con los otros, viviendo una vida más pausada. La inmensa mayoría de los problemas que tenemos en la sociedad occidental son auténticos productos de lujo.
Años después del éxito de La buena suerte, ¿hasta qué punto crees hoy que interviene el azar en las oportunidades que tiene una persona en la vida?
Schopenhauer decía que el azar reparte las cartas, pero nosotros las jugamos. La vida se construye con una dialéctica entre el azar y la responsabilidad. Decir que todo depende del azar es caer en la resignación, pero decir que todo está en nuestra mano es caer en un delirio narcisista que puede ser muy peligroso. Es el sentido de omnipotencia que tienen los pequeños psicópatas. El azar puede ser entendido como una función de parámetros desconocidos que tal vez algún día podremos explicar. Aquello que se nos escapa decimos que es azaroso, cuando desde otro paradigma no son hechos casuales, sino causales marcados por la sincronicidad y, probablemente, por cuestiones kármicas. Pero todo ello es un terreno de especulación que la ciencia no puede abordar.
¿Cuánto hay de determinación y cuánto de elección en la vida?
Desde que escribí La buena suerte, de vez en cuando hablo con alguien y le pregunto si cree que ha tenido buena suerte o mala suerte. A los que me responden que mala suerte, analizo su discurso existencial y constato que las han pasado canutas, que han tenido un sinfín de crisis. Pero lo sorprendente es que muchos de los que respondieron que habían tenido buena suerte también lo pasaron fatal. La diferencia es que uno se considera una víctima y el otro aprende de las crisis. Por lo tanto, como dice el aforismo tibetano, “la vida es lo que hacemos de ella”. Yo, sobre todo, creo en la alquimia interior. Evidentemente, está condicionada por dos variables: una base genética –hoy se sabe que la tendencia a la depresión está escrita en los genes, más incluso que el color de nuestros ojos–, pero también depende de nuestra alfabetización emocional. El que lo ha pasado mal lo tiene más difícil, pero siempre hay un referente que te permite levantarte y seguir caminando.
¿Considera que la felicidad es un estado al que se pueda llegar o hay personas que son felices o infelices por naturaleza?
Probablemente es una tendencia. Hay gente que tiene más facilidad para caer en la depresión y otra que tiende más al entusiasmo. Para mí, la felicidad son pellizcos, instantes, y no es tanto un lugar al que llegar, sino una manera de caminar. Hay quienes se dedican a buscar la felicidad y quienes se ocupan de crearla. Esa es la gran diferencia.
En el octavo capítulo de tu libro hay una cita en la que hablas del amor como la ausencia del miedo. ¿Por qué crees que el miedo nos impide amar plenamente?
Para mí, el amor va muy ligado a la pulsión de vida, así como el miedo va ligado a la pulsión de la muerte. Como decíamos antes, todo amor no deja de ser una apuesta, la cual puede tener retorno o no. Tememos al amor porque nos aterran las consecuencias del desengaño, pero, personalmente, creo que vale la pena arriesgarse, porque una vida sin amor no tiene sentido. Probablemente, si hay algo que da sentido a la vida, eso es el amor. Cuando estamos enamorados, hacemos cosas de las que en condiciones normales seríamos incapaces. Pero no hablo sólo de amor romántico. El amor a algo; a una causa, a un proyecto, es lo que da sentido a nuestra vida. Esta dialéctica entre Eros y Tánatos es lo que nos hace humanos, y lo que mantiene la relación entre la vida y la muerte. Quien teme morir, en el fondo, lo que teme es vivir.
¿Qué le dirías a una persona perdidamente enamorada y no correspondida?
Todos hemos pasado por eso. Con el tiempo, te das cuenta de que en el enamoramiento hay mucha idealización, y se aprende a hacer un balance emocional, aunque es un proceso duro. El romanticismo mayúsculo, probablemente, es necesario en una primera fase de la relación, pero después no se corresponde con la realidad.
Tú que has sido economista y consultor, ¿qué visión tienes sobre el éxito?
Jordi Nadal, el editor de este libro, tiene una frase muy buena: “Cuando perdemos cosas esenciales, acabamos buscando refugio en el éxito.” Debe ser entendido como un síntoma y no como un objetivo en sí mismo. Muchas personas que he visto entregadas al éxito lo hacían porque no se amaban a sí mismas. De hecho, es mucho más difícil recuperarse de un éxito que de un fracaso. Pocas personas lo consiguen.
Y para ti, ¿qué es el éxito personal?
La realización. Es saber que estás haciendo aquello que quieres hacer, cuando lo quieres hacer, con quien quieres hacerlo, y que dará unos frutos que benefician a los demás. Siempre hay motivaciones egoístas, pero para mí no hay nada mejor que saber que la labor que haces es útil. El éxito es poder estar con un amigo como tú haciendo esta entrevista. ¡Que conste, por favor! No puedo pedir más.
¿Qué les dirías a las personas que buscan, pero no encuentran, motivos para salir al mundo cada día?
Que lean a Frankl y que reflexionen. Que sepan lo que es pasar por lo peor, por un campo de exterminio, que asesinen a todos tus seres queridos y, aun así, seguir pensando que la vida merece la pena ser vivida.
Al final de tu libro dices que el conocimiento se incorpora y la sabiduría emerge. ¿Cómo podemos ayudarla a emerger?
Creando las circunstancias dentro de ti. La sabiduría es como el trébol de la buena suerte: hay que abonar el terreno. Por eso, la sabiduría no es transmisible y el conocimiento, sí. La sabiduría sólo crece por experiencia, cuando nos damos cuenta de la fragilidad de la vida y sentimos reverencia por ella. De esta capacidad para conmoverse emerge la sabiduría. No puede ser sabio el que no se emociona ante un niño, ante la belleza o ante alguien que sufre. Esta persona puede tener conocimientos, pero no es sabia, porque ha perdido la conexión con el alma de las cosas, y todas las cosas tienen alma.
Si tuvieras que quedarte con un solo aforismo, ¿cuál elegirías?
“A vivir, que son dos días.”



Sumario n.369
Muchas gracias por saber decir tan bien, cosas tan importantes…leyendo estas reflexiones uno se pone en contacto con su ser más íntimo y esencial y se anima a revisar los conceptos sobre felicidad, amor, éxito…me parace importante la ayuda que nos presta el autot con sus palabras.
Me ha levantado el ánimo leer estas líneas, muy positivas. FELIZ NAVIDAD