Desobediencia necesaria
Henry David Thoreau (1817-1862), en una obra singular por el momento en que fue escrita, Desobediencia civil (1849), alertaba de que “existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio?”.
Vivimos momentos convulsos y contradictorios. Le dan el Premio Nobel de la Paz a un hombre que impulsa la guerra preventiva. En nombre de la libertad, aceptamos el multiculturalismo y asumimos que costumbres medievales que conllevan la pérdida de libertad de determinadas mujeres campen en nuestra sociedad. Se nos impone un modelo de almacenaje temporal de los residuos radioactivos de alta actividad de nuestras centrales nucleares sin necesidad de aprobar un calendario de cierre irrevocable de las mismas. Y podríamos hacer un memorando inacabable.
La desinformación campa a sus anchas en los medios y lo que creemos que está sucediendo en el mundo es sólo una conveniente composición al servicio de unos intereses que van, poco a poco, conformando una falsa opinión pública. Nos pensamos libres y, en realidad, desde una cuenta en gmail que es gratis o una búsqueda en Google, que también es gratis, mostramos nuestra personalidad y la ponemos a disposición de ser vendida o escudriñada por si somos insumisos.
Otro pensador, Paul Lafargue (1842-1911), ya relataba la importancia de reducir el tiempo de trabajo para frenar la sobreoferta de consumo y se preguntaba: “¿Cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución tan viril como forjar una ley que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres por día?”. La historia es terca y se repite como el ajo, por lo que, si no aprendemos de ella, en realidad no es posible progresar. La pérdida de memoria histórica por la sobreinformación que se nos ha impuesto es casi absoluta. Es necesario reflexionar sobre los inicios de la industrialización porque al analizarla desde la perspectiva actual suena a déjà vu.
“Jamás existirá un Estado realmente libre e iluminado hasta cuando ese Estado reconozca al individuo como un poder más alto e independiente, del cual se deriva su propio poder y autoridad y lo trate de acuerdo a ello”, sentenció Thoreau también en Desobediencia Civil. De ahí que sea tan importante recopilar y transmitir tantas historias de personas comprometidas con la generosidad y la solidaridad, etc. Un mundo diferente sólo lo alcanzaremos si no nos dejamos arrebatar nuestras convicciones por las utopías.
Somos individuos conectados con su medio y la suma de cada uno puede formar una red de desobediencia para cambiar. Pero también es cierto que debemos salir de este amnios consumista protector. Por ejemplo, ¿cómo es posible que aceptemos cobrar el subsidio del paro sin hacer nada, ni colaborando en trabajos sociales? ¿Cómo podemos asistir al envenenamiento progresivo del planeta teniendo la posibilidad de autogenerar una parte de nuestra energía con renovables?
Podemos esperar a que los peligros nos obliguen a las soluciones y aceptar lo que afirmaba el poeta Friedrich Hölderlin (1770-1843): “Donde crece el peligro crece también la salvación”. Personalmente, prefiero pensar que el amor es más poderoso y me sumo al activismo de Thoreau de ser desobediente antes que formar parte del peligro creciente.
Jordi Miralles
Trabaja en el ámbito de la divulgación medioambiental. Forma parte del patronato de la Fundación Tierra y dirige terra.org, el portal de ecología práctica de dicha fundación.
URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=5299












