Zarzamora, el bosque que camina

“Es larga como una soga y muerde como una loba. ” Adivinanza

Presente por toda Europa, la zarzamora crece por doquier en los linderos y tierras de nadie, setos, orlas del bosque, campos abandonados… En la Península se crían muchas especies silvestres que crean marañas impenetrables, de ahí el nombre gallego y portugués de esta planta, “silva”, y su emblemática relación con el mundo selvático y salvaje.

Los benedictinos cultivan una variedad sin espinas en todos sus claustros. Según la leyenda dorada, esta planta inerme nació cuando San Benito, fundador de la orden, se arrojó desnudo a una mata para evitar una tentación lujuriosa que le asaltaba. En ese momento, la zarza perdió sus espinas y desde aquel día propagan los monjes su estirpe en memoria del milagro.

Otra creencia bretona cuenta con más socarronería que antaño las zarzas tenían albergue y fiaban tan a menudo que terminaron arruinándose. Desde entonces, procuran enganchar a todo el que pasa con la esperanza de cobrar.

Pero la defensa espinosa de los zarzales no sólo protege a la propia planta, sino que sirve de amparo a nuevas plántulas de árboles y arbustos que crecerán a su sombra. Da la sensación de que la selva reclama lo que fue suyo enviando esta avanzadilla que crea rápidamente espesuras impenetrables donde los árboles y animales hallan la protección necesaria.

No hay planta que se multiplique más fácilmente. A la dispersión de sus semillas, que llevan a cabo con eficacia los comensales de sus frutos, se une su gran capacidad de reproducción vegetativa. Sus largos tallos, en cuanto tocan tierra, arraigan y continúan echando nuevos brotes y avanzando incesantemente a grandes zancadas. Cuando se apodera de un terreno, tan sólo las cabras y el bosque parecen poder domeñarla.

“Si me cortas, me podas; si me quemas, me abonas”, dice el viejo refrán aludiendo a la zarza y a su ímpetu vital irrefrenable. Los paisanos saben que segándola rebrota, si cabe con mayor fuerza, y esperan a la época entre San Juan y San Pedro para cortarla. Al cabo de dos o tres cortes –y años– se habrá descastado. Los campesinos alemanes sabían también que cuando los zarzales crujen con el viento, anuncian a quien sabe escucharlos que el invierno será muy duro.

Además de alimentar con su fruto en otoño a niños, animales y pájaros de toda ralea, las flores producen, desde mayo hasta agosto, polen y néctar en abundancia y son muy útiles a las abejas y otros insectos. Las hojas las comen con fruición los corzos y otros herbívoros. También los turiones tiernos –el extremo de los brotes más gruesos–, se comen crudos en primavera. Basta simplemente con pelarlos.

Como barrera protectora es muy útil por sí misma o para resguardar los setos que tienden a desnudarse por debajo y, como otras plantas espinosas, se ha considerado tradicionalmente que tiene un influjo protector contra maldiciones y hechizos. Las brujas vascas, en numerosas leyendas, usan una fórmula para echar a volar hasta el lugar del akelarre. Decían: “Sasi guztien gainetik eta hodei guztien azpitik”, que quiere decir: “¡Por encima de las zarzas y por debajo de las nubes!” Algunas de estas leyendas cuentan cómo alguien que las espía quiere imitarlas, pero confunde lo términos y acaba volando bajo las zarzas y completamente arañado.

Hojas, frutos y ramas
Con las hojas jóvenes recogidas en mayo o junio se hace una especie de té de sabor agradable. Esta infusión tiene también un uso medicinal. Concretamente, se emplea en afecciones de garganta y como tónico digestivo y astringente. Con una parte de hojas de aspérula y dos de hojas de zarza se prepara un té delicioso, poniéndolas troceadas y humedecidas en un paño limpio. Se aprietan dentro del paño y se dejan fermentar tres días, al cabo de los cuales adquieren un aroma exquisito que se desvanece al secarse, pero que vuelve cuando se guarda la mezcla, bien seca, en una cajita de hojalata. Se conserva así para tomar en infusión de inenarrable aroma a bosque y jardín.

Con las moras se hacen mermeladas, tartas, vino… y, por supuesto, se comen crudas. Las ramas se usan para hacer cestos y bandejas, y con los largos tallos se hacían cordeles para atar escobas y haces de centeno para techumbres. Se les quitaban las espinas y, cortándolos a lo largo por la mitad, se extraía la parte central y se utilizaban estas hilas humedeciéndolas para conservar su flexibilidad.

Texto y fotos Ignacio Abella

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=5574

Escrito por Redacción el sep 9 2010. Archivado bajo Cultura del bosque. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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