¿Se acerca el fin de la era del petróleo?

Para muchos, el desastre del golfo de México y la paralización de las plataformas profundas inician un periodo de petróleo escaso y cada vez más caro. O de alternativas realmente sostenibles.

TEXTO Rafael Carrasco

La famosa plataforma Deepwater Horizon ha demostrado ser casi un experimento de perforación petrolera en aguas ultraprofundas. Ahora sabemos que utilizaba tubos de más de ocho kilómetros pero no conocía bien el riesgo de trabajar con la presión gigantesca de dos kilómetros de agua y tampoco sabía qué hacer si el tubo se rompía en el fondo del mar. Otras petroleras han solicitado docenas de permisos de perforación similares de ultraplataformas para extraer crudo o gas en el golfo de México, las costas de Brasil, el golfo de Guinea, las costas de Nigeria, Angola y Noruega y hasta en el Mediterráneo. Porque, pese a los riesgos conocidos por los ingenieros, estos pozos son los últimos grandes yacimientos que puede exprimir la industria para mantener nuestra adicción al oro negro. Sin embargo, el desastre de EEUU está haciendo recapacitar a los gobiernos de los países con reservas fósiles en sus aguas profundas y, para muchos, el temor a otro desastre similar va a mostrar lo limitado de esas reservas y precipitar así el principio del fin de la era del petróleo. Algo de lo que se ha hablado muchas veces, pero que esta vez parece que sí va en serio.

En los últimos 10 años, los yacimientos marinos representaron casi el 70% de los principales descubrimientos de hidrocarburos a escala global. Bajo las aguas profundas (entre 400 y 1.500 metros) y ultraprofundas (más de 1.500 metros) puede esconderse entre el 20 y el 35 por ciento de los recursos recuperables de petróleo por descubrir –según la Agencia Internacional de la Energía–, entre 160.000 y 300.000 millones de barriles, equivalentes al consumo global de crudo durante un periodo de entre cinco y diez años. No parece tanto a cambio del evidente riesgo de envenenar los mares de medio mundo.

“Por la experiencia acumulada y las medidas de seguridad desplegadas en las operaciones en aguas profundas y ultraprofundas –advierte Mariano Marzo, catedrático de Recursos Energéticos en la Universidad de Barcelona, en un artículo publicado por el diario El País–, la industria petrolera sabe que afronta riesgos físicos nada despreciables. Entre estos destacan las altas presiones y las temperaturas reinantes a varios kilómetros de profundidad en el subsuelo, o la existencia de acumulaciones de gases en una franja próxima al lecho marino que pueden ocasionar súbitas explosiones”. Además, en el fondo marino hay que trabajar con complejos mecanismos robotizados construidos a medida y cuya disponibilidad en condiciones tan extremas como las descritas no está nunca garantizada.

“Yo creo –expone con claridad Alejandro Minayo, especialista en Riesgo Tecnológico y presidente del Centro de Investigación en Gestión Integral de Riesgos y Desastres (CIGIR) de Venezuela– que tanto en la explotación de yacimientos petroleros en aguas profundas, como en cualquier otra actividad que implica riesgos importantes (aviación, energía nuclear, etc.), la ingeniería moderna hace sus cálculos, prevee escenarios y probabilidades, y propone, en función de ellos, mecanismos de seguridad que en ningún caso son infalibles; y siempre deberá asumirse algún nivel de riesgo en las operaciones futuras”. Y plantea esta inquietante cuestión que alude al caso de Louisiana y a otros muchos proyectos de riesgo: “Cada vez es más cuestionable que la decisión sobre los niveles de riesgo a que se expone a las potenciales víctimas de fallos en estos sistemas sean tomadas a puerta cerrada por un conjunto de tecnócratas y políticos que dificilmente vivirán en carne propia las repercusiones que podrían tener sus decisiones”. Por ahora, según el experto venezolano, “nos toca seguir evidenciando situaciones en donde las víctimas de los fallos de la tecnología sólo se enteran del riesgo a que estaban sometidos cuando el riesgo dejó de ser riesgo y se convirtió en desastre”.

Menos reservas

Por ahora, la catástrofe del golfo de México ha paralizado toda esa carrera hacia el petróleo remoto de los mares. Barak Obama ya ha anunciado que va a revisar toda la política de concesiones de nuevas plataformas en el golfo de México, pese a la furiosa oposición de las Shell, Texaco, Standard Oil y compañía que, según el Corporate Europe Observatory, están gastando más dinero que nunca en hacer lobby a la Administración norteamericana. Anuncios similares ha hecho el gobierno de Lula da Silva (Brasil parece tener grandes recursos en aguas profundas del Atlántico).

En Europa, el Comisario de Energía, Gunther Oettinger, opina que debería existir una moratoria de los permisos para nuevas perforaciones hasta que se conozcan las causas del accidente en el golfo de México y se adopten medidas correctoras para operaciones similares. Y ha declarado que “dadas las circunstancias actuales, cualquier gobierno responsable debería congelar los nuevos permisos para la perforación de pozos con parámetros y condiciones extremas”. Países como Italia y Noruega ya han declarado una moratoria de este tipo. Incluso, el nuevo consejero delegado de la petrolera británica BP, Bob Dudley, afirmaba, en una entrevista a la cadena televisiva ABC a finales de julio, que la compañía cambiará a raíz de las lecciones aprendidas por el vertido de petróleo en el golfo de México. Dudley se mostró partidario de hacer ciertos cambios de calado en BP para asegurarse “de que algo así no pueda volver a suceder en el futuro”.

Como trasfondo de todo esto está el riesgo personal que supondrá a partir de ahora promover o autorizar unos pozos que, si se rompen, pueden llevar a la cárcel al ministro de energía o a la cúpula de la petrolera concesionaria. Y, por otro lado, no está nada claro si las compañías aseguradores van a cubrir a partir de ahora unos proyectos que pueden implicar indemnizaciones billonarias.

Ultraplataformas en casa

Y a nosotros, ¿cómo nos afecta todo esto? En realidad, la oportunidad de explotar nuevos y recónditos recursos o los riesgos que ello entraña –según quién lo considere– no queda tan lejos. Recientemente, Repsol ha realizado dos descubrimientos de petróleo off-shore en el Mediterráneo español. Se trata de los pozos Montanazo y Lubina, situados a 45 km de las costas de Tarragona, y ambos caen de lleno en la definición de reservas profundas, esto es, complejas de extraer y con serias dificultades para actuar en caso de problemas. El primero de los hallazgos –liderado por Repsol pero con una participación minoritaria de Gas Natural y Cepsa– está ubicado a una profundidad de agua de 736 metros, y alcanza una profundidad final de 2.354 metros. El segundo pozo –Lubina-1 se llama– recorre una lámina de agua de 663 metros y su profundidad total es de 2.439 metros. De este último, Repsol es, además del operador, el único titular.

Las primeras estimaciones dan una vida a Montanazo y Lubina de entre cinco y siete años con una producción prevista de 7.500 barriles diarios entre ambos pozos, lo que multiplica varias veces la producción actual de petróleo en todo nuestro territorio. Según la información que ofrece Repsol en su página web –la multinacional española no ha atendido la petición de entrevista por parte de Integral–, en los últimos tres años se han invertido cerca de 135 millones de euros en la preparación y perforación de estos pozos, a los que se sumarían, una vez aprobado su desarrollo, entre 55 y 60 millones de euros en el próximo bienio.

De momento, Greenpeace ha presentado alegaciones al estudio de impacto ambiental del proyecto porque, a su juicio, “este tipo de perforaciones y explotaciones entrañan un riesgo aún mayor que los pozos tradicionales, ya que las condiciones son más extremas”. Para la organización ambientalista, sería un gravísimo error apostar por la extracción petrolera menos desarrollada, ahora que parece claro que el futuro energético de la humanidad no pasa prescisamente por los combustibles fósiles.“Estamos ante una intensa y crítica negociación mundial para establecer una reducción de emisiones que frene los peores impactos del cambio climático, al tiempo que el vertido en el golfo de México se perfila como uno de los peores de la historia –lamenta Sara del Río, responsable de la campaña de Contaminación de Greenpeace–. En este contexto, resultaría paradójico que el Gobierno autorizara proyectos que perpetúan la dependencia del petróleo y la generación de cambio climático”.

El cénit del petróleo

En el trasfondo de todo este debate sobre el riesgo de las plataformas remotas, son cada vez más los que piensan que, seguramente, ya hayamos tocado techo en la producción de crudo y a partir de ahora se inicie la cuesta abajo en la producción y consumo de este recurso; es lo que se denomina la teoría del cénit del petróleo o peak oil.

Aunque rara vez la mencionan, esta teoría, ideada por el geofísico norteamericano M. King Hubbert hace más de cuatro décadas, es ampliamente aceptada entre la comunidad científica, la industria petrolera y los gobiernos de todo el mundo. El debate no se centra en si existirá un pico del petróleo sino en cuándo ocurrirá este y empezará el declive, y esto depende en gran medida de los nuevos descubrimientos de reservas.

“El desastre de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon en el golfo de México –opina en el apasionante foro digital Crisis Energética Daniel Gómez Cañete, activista y divulgador ambiental– no podía llegar en peor momento para la industria petrolífera. La extracción en aguas profundas y ultraprofundas es una de las nuevas fronteras que la industria del petróleo se ha visto obligada a traspasar a causa del agotamiento de los yacimientos terrestres. Si pudiésemos extraer petróleo en tierra firme, perforando a dos kilómetros de profundidad, ¿por qué perforar en el mar, bajo una lámina de agua de un kilómetro y medio y 10 kilómetros bajo las rocas?”.

Hace unos años, basándose en los datos de producción de ese momento, la Asociación para el Estudio del Pico del Petróleo y el Gas (ASPO, en sus siglas en inglés), consideró que el pico del petróleo ocurriría, precisamente, en el 2010, y, unos años después, se daría el pico del gas natural. Con sus modelos matemáticos, Hubbert, por cierto, predijo correctamente el pico de la producción estadounidense de petróleo con 15 años de antelación.

Hace unas semanas, la revista alemana Der Spiegel hacía público el estudio de un think tank militar (el Centro de Transformación Bundeswehr) que advierte de los riesgos de una grave crisis de suministro causada por el cénit del petróleo. Según Bundeswehr, como el transporte de mercancías depende del petróleo, el comercio internacional puede ser objeto de un colosal aumento de impuestos, de lo que, “podría surgir la escasez en el suministro de bienes vitales”, ya que el petróleo se usa directa o indirectamente en la producción del 95% de todos los bienes industriales. Las crisis de precios se verían en casi cualquier industria y en todas las etapas de la cadena de suministro. “A medio plazo, el sistema económico mundial y cada economía nacional orientada al mercado se colapsaría”, se lee.

Asimismo, el diario británico The Guardian publicaba el 22 de agosto que los ministros de los últimos gobiernos de ese país han estado intercambiando puntos de vista con la industria y la comunidad científica sobre el cénit del petróleo, pese al rechazo oficial de la hipótesis de que estamos entrando en un periodo de petróleo caro y escaso.

El Departamento de Energía y Cambio Climático (DECC, en inglés) y algunos de sus expertos –como David Mackay, el asesor científico jefe del DECC– han solicitado información y consejos sobre el cénit del petróleo y sobre las medidas a tomar. Incluso, hace poco más de un año, tuvo lugar un seminario sobre el tema en ese país que reunió a directivos del DECC, del Banco de Inglaterra y del Ministerio de Defensa, entre otros. Una nota ministerial de esta cumbre advertía que “las líneas públicas gubernamentales sobre el cénit del petróleo no son muy adecuadas (…) Tienen que considerar el cambio climático y poner más énfasis en la reducción de la demanda y también en el hecho de que el cénit del petróleo puede aumentar la volatilidad del mercado”. Todo indica que estamos entrando en una nueva era energética.

Poco petróleo nuevo en tierra y en mar

En los últimos 25 años, las reservas de crudo apenas crecieron un 5% y hay menos hallazgos

La economía global se ha asentado sobre un desarrollo insospechado de los transportes de mercancías y personas y en un gran cantidad de petróleo relativamente barato, por lo que no es exagerado afirmar que nuestra civilización se mueve gracias a este hidrocarburo. Pero no por mucho tiempo, ya que el crudo dejará de brotar en algún momento de este mismo siglo. Para los más pesimistas, a mediados. Los más optimistas ven el suceso a finales.

Pese a que el oro negro satisface el 40% de las necesidades energéticas mundiales y el 90% si se trata de energía para el transporte, las reservas actuales de petróleo se estiman en algo más de un billón de barriles, lo que permite producir gasolina y derivados durante 40 años más al ritmo actual de consumo, según la Revista Estadística de Energía Mundial de la petrolera BP. “Todo el mundo ha sido objeto de una exploración exhaustiva –explica Colin Campbell, experto del Centro de Análisis del Agotamiento del Petróleo de Londres– y ha quedado claro que no quedan nuevas regiones por descubrir”.

Aunque el fantasma del agotamiento del petróleo en cuatro o cinco décadas recorre el mundo desde los años 70, las evidencias indican que, en esta ocasión, la amenaza es real. A pesar de la exploración intensiva realizada desde la primera crisis del petróleo, cada vez se producen menos hallazgos y, en la última década, las reservas mundiales prácticamente se han estancado.

En efecto, de 1981 a 1991 las reservas mundiales crecieron en un 45,5%, mientras que entre 1991 y 2005 solo aumentaron un 4,9%. Todos los depósitos verdaderamente grandes fueron descubiertos hace décadas, y el 80% del petróleo producido hoy proviene de pozos cuya existencia se conoce desde hace 30 años o más. A modo de ejemplo, la región estadounidense de los Apalaches –el primer pozo explotado comercialmente de la historia– está hoy prácticamente agotado.

El declive puede ser bueno para todos

Para Greenpeace, hay alternativas al ‘oro negro´, reales y necesarias para frenar el cambio climático

Para muchos, enterrar la era del petróleo no tiene por qué ser un drama; al contrario, puede ser una oportunidad porque supone la necesidad de una alternativa a gran escala para los carburantes del transporte, lo que acelerará las opciones más sostenibles.

José Luis García, responsable de Energía de Greenpeace, es de los que piensa así. “Es difícil saber cuál va a ser el escenario energético dentro de 30 o 40 años, lo que sí está claro es que no se podrá seguir derrochando energía como hasta ahora. ¿Con qué funcionarán los coches y demás? Nosotros esperamos que sea con energías renovables, biocombustiles o hidrógeno. Estamos convencidos, en todo caso, de que no llegaremos al escenario temido de petróleo escaso y muy caro; mucho antes se tendrá que tomar una decisión de abandono de los combustibles fósiles por la evidencia innegable del cambio climático que producen hoy sus emisiones”.

Productos de uso común sin petróleo

Los objetos fabricados con este hidrocarburo serán en el futuro de fuentes como las fibras naturales

Ceras, fósforos, asfaltos, alquitranes, pinturas, resinas, poliéster, detergentes, plaguicidas, disolventes, neumáticos, alcoholes, glicerina, fertilizantes, azufre, componentes de fármacos, nailon, aditivos alimentarios, explosivos, tintes, fibras aislantes y todo tipo de plásticos. Estos y cientos de productos más de uso común en la industria y el hogar los obtiene hoy la industria petroquímica del petróleo, pero no podrá hacerlo por mucho más tiempo. ¿Existe una alternativa para esta industria? Pues la realidad es que no hay una alternativa, sino muchas, porque ninguna materia prima puede competir en maleabilidad y aplicaciones distintas con esas largas cadenas de carbono que forman el petróleo.

Una buena alternativa para muchos productos de la industria petroquímica son las fibras naturales, que fabricantes como Mercedes Benz o Ford usan ya en los recubrimientos interiores de sus coches. Lino, pita, piel de coco, látex, algodón, amapolas, grosellas, romero, yute, colza o cannabis son transformados ya en fibras textiles, mangos, cascos, aislantes o vigas de construcción a unos costes baratos y con prestaciones excelentes.

Artículo en Integral 371

URL: http://www.larevistaintegral.com/?p=6698

Escrito por Redacción el mar 17 2011. Archivado bajo Reportajes. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

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